La
primera vez que perdí a alguien tenía dieciocho años. Recuerdo aquella escena
en la terraza del restaurante en la que Dámaris me anunciaba el trágico final
por el que había optado Alex. No quise irme a casa. En esos momentos solo
pensaba en iniciar mi turno de noche y que el bullicio de los comensales y la música
de la orquesta me quitaran de la cabeza aquella terrible noticia. Recuerdo que
al entrar, uno de los camareros veteranos se burló de la tragedia. Creo recordar
que dijo algo así como "¿qué les haces a tus amigos que acaban colgándose?".
Lo peor vino detrás con las risas de todos los presentes. Hay momentos en la
vida en que las cosas que escuchas son tan terribles que la única reacción es el
bloqueo. Fué a partir de ese momento que empecé a pensar en el modo en que la
gente reacciona ante la muerte. Nuestro pequeño grupo de amigos decidimos pasar
la noche en el pub donde trabajaba Eva y acompañarla. Si alguien debía estar
profundamente afectada era ella. Cuando entré solo pensaba en que palabras
escoger, en como la encontraría y en que se me partiría el corazón si la veía
rota. Estaba tranquila detrás de la barra, le pregunte como estaba y me dijo
bien. Y la noche transcurrió como una noche más. No hablo de ello entonces y yo
no volví a preguntarle cómo se sentía. Pasaron años hasta que un día habláramos
de aquel triste episodio, ya desde la distancia emocional que te procura el
paso del tiempo, pero nunca supe cómo se sintió de verdad.
Las respuestas
de las personas ante las pérdidas son muy diferentes, pero el silencio se
impone muchas veces como opción preferida. ¿Hasta qué
punto es bueno callar y hasta qué punto es bueno hablarlo? ¿Es preferible dejarse ir y vaciar toda la pena o ponerse una coraza y
seguir adelante repitiéndonos que la vida sigue y hallando los miles de motivos
que nos empujen a seguir?
Un par
de años después Meritxell sucumbía a su tumor. No habíamos sido amigas del alma
pero aquella adolescente a quien todos trataban de "hija de papá" había
cuidado de mi discretamente durante mi estancia en el restaurante. Venía a
hablarme, se preocupaba de cómo me había ido la jornada y en más de una ocasión,
conocedora de que trabajar en el restaurante me era indispensable para pagar mis
estudios, me preguntaba por mi situación económica y se preocupaba de buscarme
soluciones en formas de becas y ayudas. En cierta ocasión, antes de su
enfermedad, celebró su cumpleaños en el restaurante y por supuesto, me invitó.
El azar quiso que nuestro maitre me pidiera
a mi ser la camarera que se ocupara de la barra en el cumpleaños y
evidentemente mis necesidades me empujaron a decir si. Cuando Meritxell me vio
vestida con mi uniforme sirviendo bebidas se sorprendió, se acercó a mí y me
dijo: "me da igual que te haya tocado a ti. Podemos servirnos solos, así
que haz como si estuvieras en la fiesta". Evidentemente no podía ser así
pero siempre recordare ese momento. Esa era Meri. El día que me anunciaron su
muerte, Muñoz, mi jefe, me sentó en una mesa y con una delicadeza que jamás le había
conocido, me dijo que hacía apenas una hora su cuerpo se había rendido. Me
pregunto cómo estaba y yo, igual que hiciera Eva años atrás, contesté que bien.
Y entonces me di cuenta de todo lo que esa respuesta camufla. Una hora más
tarde me encontraba de nuevo detrás de una barra sirviendo bebidas. Recordaba
ese cumpleaños cuando el dj empezó el baile con "Tell him" de Vonda
Shepard. Ahora siempre, siempre que oigo la canción pienso en Meri. De su
pérdida aprendí que la muerte nos afecta según el impacto que esa persona haya
dejado en nosotros, aunque haya sido pasajero. Meri me enseñó que el dinero no
nos hace diferentes. Fue la única persona que me hizo olvidar que era una chica
de clase media baja que tendría que pelear el resto de su vida para conseguir
sus sueños. Y eso me convirtió en alguien diferente, me hizo ver al resto de
personas con otros ojos, a no lamentarme por tener que ganarme con esfuerzo hasta
el último duro, porque seguro que siempre habría alguien dispuesto a
preocuparse por mí.
Pero el
impacto fue duro y creo que empecé calladamente a temer a la muerte. No a la mía,
sino a la de mis seres queridos. Unos años después fallecía mi abuela. No habíamos
tenido con ella un contacto continuo ya que vivía en mi “adorada” Bélgica pero
era de esas personitas tiernas y graciosas, una abuelita de cuento. Tres meses
antes de su muerte y en la antesala de un matrimonio reciente que parecía empezar
a hacer aguas, decidí acompañar a mi madre a Bélgica durante quince días.
Padecía ya un cáncer terminal pero, aunque postrada en la cama, aún guardaba su
alegría y esa ternura que tanto me gustaba. Fueron días raros: tristes,
cansados y ¡divertidos! Teníamos la muerte a unos pasos y nos reíamos a diario.
Tres meses después nos dijo adiós al tiempo que yo decía adiós a mi matrimonio
relámpago. Entonces caí en una terrible depresión en la que metida en la cama
la lloraba día tras día. ¿Que aprendí de la muerte entonces? Que cuando estamos
débiles anímicamente nos hunde en un pozo negro y que hay que agarrarse muy
fuerte a la cuerda para no hundirte en el lodo. Perdía por primera vez a
alguien de mi familia, veía a mi madre rota y mi vida personal se iba al garete.
Sentí mucho dolor por su pérdida pero mis emociones en aquel momento
convirtieron su ausencia en un camino del que por poco no regreso. Para
enfrentar la muerte se necesita mucha, mucha fortaleza. Hay que estar en plenas
facultades de todo y dominar las circunstancias negativas que la vida te
plantee en ese momento. Si no es como cuando un día amanece soleado y de pronto
amenaza tormenta. Empieza a cubrirse de negro, se desata el desastre y el miedo
te hace meterte bajo las sábanas donde la oscuridad es todavía más amenazante.
Un día
me levanté y mientras me dirigía a Vallirana en coche, todo me parecía más
bonito. Los árboles más verdes, el sol más radiante, la vida más bonita. Había
vuelto el color y me creí inmunizada contra las pérdidas. Y los años pasaron… Y
un precioso día soleado de domingo la muerte volvió como para recordarme que
ella ganaba y que frente a su paso ninguno estamos ni estaremos jamás
inmunizados. Y como para regocijarse se llevó tres meses después a mi bebé. No
quiero extenderme hablando de Juanma ni de mi chiquitín, aún es muy reciente, o
quizás en realidad solo estoy haciendo lo que hice, hasta ahora, con el resto
de pérdidas: no hablar. Esa ha sido siempre mi opción. Pero no es la única.
Hoy con
este escrito quiero ayudar a todos aquellos que han sufrido pérdidas recientes
o no. Sobre todo a mi hermana. Dejemos de una vez de establecer pautas de
comportamiento frente a la muerte porque no las hay. El dolor no se hace menos
severo a los seis meses, ni una se recupera aproximadamente a los tres años. No
hay que repetirse continuamente que hay que seguir como si fuéramos Bart
Simpson escribiendo la misma frase en la pizarra para auto convencernos, y
quizás tampoco hay que meterse en la cama a llorar hasta que te sangren los
ojos. La muerte cada persona la vive como la siente, como necesita vivirla.
Cada persona escoge las razones de salir adelante, siendo, la más importante,
uno mismo. Estoy cansada de oír “expertos” diciendo cosas como “la vida sigue”
o “tienes a tus hijos”… ¡Por supuesto que la vida sigue! ¡Por supuesto que un
hijo es una razón más que importante para no rendirse! Pero bajo tanta metodología
nos olvidamos de las personas como seres únicos, dejamos de escucharnos para
escuchar lo que está pautado como correcto para superar el duelo. ¿Necesitas cuatro meses en la cama de desesperación? ¡Permítetelo!
Quizás es tu opción para dentro de unos años decir “lo superé”. ¿Necesitas callártelo o al contrario gritar tu rabia y decir que fue injusto?
¡Hazlo! Tú decides como enfrentarte a ello, solo tú sabes, realmente, aunque al
principio no puedas verlo, cuál es tu mejor camino.
Ellos
no se irán jamás y la pena tampoco. Ni siquiera estoy segura que se aminore con
el tiempo, porque quizás, después de diez años, te despiertes una mañana
sintiendo exactamente lo mismo que sentiste el día que esa persona se fue y
quizás vuelvas a caerte en el pozo…y también salir. Somos humanos. Somos seres
llenos de emociones y como he dicho en más de una ocasión no debemos tener la
prepotencia de tener respuestas para todo ni de creer que la vida viene con un
manual. La vida hay que enfrentarla día a día, cada mañana el despertarse. Y
así sucesivamente. Para los que os parezca algo dura os confieso que yo, estoy
llena de pena. Pero me levanto todos los días pensando que todo lo vivido debe
merecer la pena. Que la tristeza de la perdida de los que queremos de debe
impedirnos ver cuántas cosas maravillosas nos dejaron y cuantas cosas
maravillosas pueden suceder aún. Démonos el margen suficiente entre sufrir y
ser feliz.
A todos
los que nos dejaron. Y a mis lectores…por supuesto.
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