Le gustaba sentarse en soledad y silencio sobre la fina arena de aquella playa que en tantas ocasiones había recorrido. Al principio solía ir a la zona más tranquila de la urbanización a la que accedía por el viejo y húmedo túnel que había bajo la vía del tren. Allí la playa era más estrecha y más tranquila y era más fácil no cruzarse con nadie. A ella le gustaba la absoluta soledad, creía que así compartía algo más íntimo con el mar. Le gustaba cerrar los ojos, respirar pausadamente, escuchar las olas rompiendo… y le incomodaba tremendamente que alguien pasara por su lado y la observasen como si de una perturbada se tratase. ¿Acaso no era el mejor lugar para fundirse con la naturaleza y olvidarse de que la vida a veces resultaba demasiado previsible y monótona? ¿Que sabía la mayoría de habitantes de aquel mundo lo que era sentir los elementos de aquella manera? Para la gran mayoría de ellos la playa era solo un inmenso espacio de arena, únicamente aprovechable en verano, donde tostar la piel hasta olvidar lo bonita que podría resultar a veces la palidez. Ella había dejado de ir en verano, apenas la había pisado los últimos años. El color tostado de su rostro se había vuelto casi blanco, aunque sabía que en gran medida su adicción, por la que apenas comía ni dormía, había contribuido a ello.
Con el tiempo decidió dar sus largos paseos por la zona más cercana al puerto. Necesitaba de una manera incomprensible más espacio vital, era presa de una especie de claustrofobia que se extendía más allá de las paredes de su siempre solitaria casa.
Desde el puerto podía vislumbrar los perfiles rocosos del Roc y, cuando se sentía con fuerzas caminaba durante casi tres cuartos de horas para perderse entre los diversos estilos arquitectónicos de aquella ciudad amurallada. Si se sentía demasiado cansada se acercaba al estanque de los peces en medio del pueblo, compraba un pequeño bollo de pan y se entretenía durante rato dándole de comer a los peces. Al final, cuando ya casi anochecía, volvía a casa y comprobaba que el teléfono no le había dejado ninguna noticia de Gabi.
Se había acostumbrado a esperar. Había esperado tres años a Jose hasta que el decidió iniciar otra relación extramatrimonial además de la que ya mantenía con ella. Ahora, después de otros casi tres años con Gabi, sentía la misma sensación de que nada avanzaba.
Ella permanecía durante días en aquel pequeño pueblo costero, intentando acabar la carrera y buscando un buen empleo. Mientras, él iba y venía, orgulloso de cómo había prosperado en su trabajo sin percatarse de que a su lado alguien esperaba…
Con el tiempo se había acostumbrado tanto a estar sola que se sentía abrumada cuando tenía que acudir a esas tediosas reuniones familiares donde ella era la hija imperfecta y sus hermanas la viva representación de lo que socialmente estaba considerado como perfecto. Además los últimos meses siempre acudía sola ya que las relaciones de Gabi con los que eran sus suegros estaban muy deterioradas, algo que parecía importar poco a todos ellos. Se ignoraban mutuamente y se hablaban tan solo para arremeter unos contra otros. Gabi usaba la impertinencia como arma de ataque y los padres de ella el insulto casi directo. Siempre se encontraba entre el fuego cruzado pero como a nadie parecía importarle mucho acabó por no formar parte en aquellas discusiones. Se retiraba a la terraza, se sentaba en el espacioso sillón de mimbre y como si hubiese regresado a su playa, cerraba los ojos y escuchaba las olas. Su familia, al igual que aquellos anónimos paseantes de la playa, parecía observarla como a una lunática sin saber que lo único que ella pretendía era perderse en el silencio y no escuchar a ninguno de ellos. Ojala alguien le hubiese dicho que aquella situación si iba a perpetuar y repetir demasiadas veces en el tiempo con resultados demasiado dolorosos para ella.
Aquella tarde de octubre volvía de casa de su abuela caminando descalza, con los zapatos en la mano, por la orilla de la playa. Era un otoño muy peculiar, tanto era así que el agua del mar estaba casi tibia y todavía podía ir en manga corta. Las olas rompían una y otra vez sobre sus pies y borraban cada huella que dejaba tras de si. Pensaba que ojala ella pudiese borrar de su mente ciertos pensamientos con tanta facilidad, y, aunque no pensar no era su fuerte, intentó por unos instantes crear una burbuja a su alrededor y dejar literalmente la mente en blanco.
El móvil sonó con aquel particular politono que tanto poco se parecía al Para Elisa que ella adoraba y con bastante disgusto lo sacó del bolsillo trasero de sus tejanos. La pantalla iluminada mostraba aquellas cuatro letras que tan nerviosa la ponían todavía: Jose.
Sabía que no si no descolgaba él insistiría. Aquella noche Gabi volvía de Rosas y no le apetecía tener que explicarle que hacía unas semanas Jose había vuelto a llamarle casi a diario. Descolgó y todavía con la duda de haber hecho lo correcto contestó
-Si?
-Hola preciosa…
-¿Qué quieres? No me coges en buen momento…
Sabía de sobras que quería. Explicarle aquel cuento de hadas sobre la roca en medio del mar que era ella y él, el naufrago que se aferraba desesperadamente a ella porque era su salvación.
-¿Es mal momento? Conociéndote diría que lo que se oye de fondo son las olas y se que si estás en la playa no es un mal momento para ti.
Odiaba que la conociera tan bien. Se sentía vulnerable frente a él, y él en cambio hablaba con total confianza en sí mismo, seguro de provocar la reacción precisa en ella.
-Quizás hablar contigo es siempre un mal momento- dijo ella intentando parecer segura- ¿Volviste a pelearte con tu mujer o fue con tu amante?
-Touché- rió él de forma burlona y de repente sentenció- Mañana voy a verte.
De repente toda su burbuja de paz pareció explotar y se sintió en peligro. Hasta entonces solo había insistido en las llamadas pero nunca había insinuado su intención de volver a verla. Sintió un inmenso frío y la sensación de que volvía a estar a merced de él. Casi sin voz susurró:
-Jose es imposible. No puedes venir y no quiero que vengas. No quiero…
-Mañana estaré allí- volvió a repetir y casi al instante sonó el clic de finalización de llamada.
¿Quién demonios se creía? De repente Comarruga, la playa, el mar, el cielo ya no le pareció tan hermoso. Era como si una enorme tempestad estuviera a punto de caer sobre ella y lo hubiese cubierto todo de negro. Temía que se desatase de verdad, que él volviera para convertirse de nuevo en el huracán que un día fué y que arrasó con todo en lo que creía. Decidió volver a casa. Gabi estaba a punto de llegar, si es que no decidía en último momento quedarse el fin de semana en Rosas. Mientras caminaba por el paseo descubrió que lo que más le aterrorizaba era darse cuenta que en lo más profundo de su ser, deseaba volver a verle.
Con el tiempo decidió dar sus largos paseos por la zona más cercana al puerto. Necesitaba de una manera incomprensible más espacio vital, era presa de una especie de claustrofobia que se extendía más allá de las paredes de su siempre solitaria casa.
Desde el puerto podía vislumbrar los perfiles rocosos del Roc y, cuando se sentía con fuerzas caminaba durante casi tres cuartos de horas para perderse entre los diversos estilos arquitectónicos de aquella ciudad amurallada. Si se sentía demasiado cansada se acercaba al estanque de los peces en medio del pueblo, compraba un pequeño bollo de pan y se entretenía durante rato dándole de comer a los peces. Al final, cuando ya casi anochecía, volvía a casa y comprobaba que el teléfono no le había dejado ninguna noticia de Gabi.
Se había acostumbrado a esperar. Había esperado tres años a Jose hasta que el decidió iniciar otra relación extramatrimonial además de la que ya mantenía con ella. Ahora, después de otros casi tres años con Gabi, sentía la misma sensación de que nada avanzaba.
Ella permanecía durante días en aquel pequeño pueblo costero, intentando acabar la carrera y buscando un buen empleo. Mientras, él iba y venía, orgulloso de cómo había prosperado en su trabajo sin percatarse de que a su lado alguien esperaba…
Con el tiempo se había acostumbrado tanto a estar sola que se sentía abrumada cuando tenía que acudir a esas tediosas reuniones familiares donde ella era la hija imperfecta y sus hermanas la viva representación de lo que socialmente estaba considerado como perfecto. Además los últimos meses siempre acudía sola ya que las relaciones de Gabi con los que eran sus suegros estaban muy deterioradas, algo que parecía importar poco a todos ellos. Se ignoraban mutuamente y se hablaban tan solo para arremeter unos contra otros. Gabi usaba la impertinencia como arma de ataque y los padres de ella el insulto casi directo. Siempre se encontraba entre el fuego cruzado pero como a nadie parecía importarle mucho acabó por no formar parte en aquellas discusiones. Se retiraba a la terraza, se sentaba en el espacioso sillón de mimbre y como si hubiese regresado a su playa, cerraba los ojos y escuchaba las olas. Su familia, al igual que aquellos anónimos paseantes de la playa, parecía observarla como a una lunática sin saber que lo único que ella pretendía era perderse en el silencio y no escuchar a ninguno de ellos. Ojala alguien le hubiese dicho que aquella situación si iba a perpetuar y repetir demasiadas veces en el tiempo con resultados demasiado dolorosos para ella.
Aquella tarde de octubre volvía de casa de su abuela caminando descalza, con los zapatos en la mano, por la orilla de la playa. Era un otoño muy peculiar, tanto era así que el agua del mar estaba casi tibia y todavía podía ir en manga corta. Las olas rompían una y otra vez sobre sus pies y borraban cada huella que dejaba tras de si. Pensaba que ojala ella pudiese borrar de su mente ciertos pensamientos con tanta facilidad, y, aunque no pensar no era su fuerte, intentó por unos instantes crear una burbuja a su alrededor y dejar literalmente la mente en blanco.
El móvil sonó con aquel particular politono que tanto poco se parecía al Para Elisa que ella adoraba y con bastante disgusto lo sacó del bolsillo trasero de sus tejanos. La pantalla iluminada mostraba aquellas cuatro letras que tan nerviosa la ponían todavía: Jose.
Sabía que no si no descolgaba él insistiría. Aquella noche Gabi volvía de Rosas y no le apetecía tener que explicarle que hacía unas semanas Jose había vuelto a llamarle casi a diario. Descolgó y todavía con la duda de haber hecho lo correcto contestó
-Si?
-Hola preciosa…
-¿Qué quieres? No me coges en buen momento…
Sabía de sobras que quería. Explicarle aquel cuento de hadas sobre la roca en medio del mar que era ella y él, el naufrago que se aferraba desesperadamente a ella porque era su salvación.
-¿Es mal momento? Conociéndote diría que lo que se oye de fondo son las olas y se que si estás en la playa no es un mal momento para ti.
Odiaba que la conociera tan bien. Se sentía vulnerable frente a él, y él en cambio hablaba con total confianza en sí mismo, seguro de provocar la reacción precisa en ella.
-Quizás hablar contigo es siempre un mal momento- dijo ella intentando parecer segura- ¿Volviste a pelearte con tu mujer o fue con tu amante?
-Touché- rió él de forma burlona y de repente sentenció- Mañana voy a verte.
De repente toda su burbuja de paz pareció explotar y se sintió en peligro. Hasta entonces solo había insistido en las llamadas pero nunca había insinuado su intención de volver a verla. Sintió un inmenso frío y la sensación de que volvía a estar a merced de él. Casi sin voz susurró:
-Jose es imposible. No puedes venir y no quiero que vengas. No quiero…
-Mañana estaré allí- volvió a repetir y casi al instante sonó el clic de finalización de llamada.
¿Quién demonios se creía? De repente Comarruga, la playa, el mar, el cielo ya no le pareció tan hermoso. Era como si una enorme tempestad estuviera a punto de caer sobre ella y lo hubiese cubierto todo de negro. Temía que se desatase de verdad, que él volviera para convertirse de nuevo en el huracán que un día fué y que arrasó con todo en lo que creía. Decidió volver a casa. Gabi estaba a punto de llegar, si es que no decidía en último momento quedarse el fin de semana en Rosas. Mientras caminaba por el paseo descubrió que lo que más le aterrorizaba era darse cuenta que en lo más profundo de su ser, deseaba volver a verle.