LA PRINCESA DE LOS DESAMPARADOS
Erase una vez una princesa que vivia en un reino humilde pero a la que no la faltaba de nada. Era la mediana de tres hermanas. La mayor era bonita como una reina de las Nieves, era la adorada por la reina madre. La pequeña, Marcela, graciosa y risueña era el ojito derecho del rey. Sophia al ser la mediana vivia en un mundo apartado lamentando no despertar tanta admiración en ninguno de sus progenitores asi que se refugiaba en su mundo interior, en sus sueños e ilusiones y vivió en este mundo desde muy pequeña lo que la hizo madurar demasiado rápido, dolorosamente rápido. Observaba las situaciones, se daba cuenta de las cosas y apesar de tenerlo "todo" y no faltarle el amor de sus padres se sentia diferente y apartada.
Cuando cumplió los dieciocho años salieron de las protectoras murallas del castillo para celebrar unos festejos. Sophia iba con los ojos muy abiertos observándolo todo y sus hermanas rectas y perfectas en su caroza color rosa y marfil. Entonces a lo lejos distinguió un pequeño callejón oscuro que en nada se parecia a aquel camino de rosas por el que paseaban despertando admiración. Distinguía a una pequeña de unos tres años envuelta en harapos caminar cojida de la mano de un niño que apenas le sobrepasaba en dos años su edad. Tambiém vistía de forma sucia y descuidada. Más allá un viejo caminaba con una muleta y se paraba entre los escombros de la calle y los remobía con cuidadosa paciencia. Giró de nuevo la vista hacia el cortejo real y la engalonada calle y de nuevo hacia el callejón y, en un acto instinstivo, salió del carruaje y, tras andar unos metros se adentró en él. De golpe todo su mundo se vino abajo. Se habia sentido sola mucho tiempo pero tenia vestidos, comida y un hogar. Aquella gente, sin embargo, no tenia ni una migaja de pan que llevarse a la boca pero a medida que avanzaba desapareció su soledad. De nada le importaba ya sentirse diferente porque era diferente entre gente diferente. Daba igual que llevara un hermoso vestido porque sintó como si llevara un viejo chaquetón y unas botas desgastadas. Todos la miraban al pasar pero ninguna mirada era de desaprobación sino de asombro y admiración. Por fin era una reina, la más importante. La niña que había visto se acerco y le tendió la mano y el chico, que dedució, debia se su hermano, tran un pequeño titubeo la agarró la que le quedaba libre. Y empezaron a caminar y a caminar y cuanto mas lo hacian mas se adentraba en otro mundo, y más se alejaban del castillo. Luego cuando ya solo divisaba el final del torreon más alto supo que ya no volveria jamás a aquel lugar. De pronto todo su soledad, sus divagaciones infantiles pero precoces, sus dudas, su sentimiento de exclusión desaparecieron pq comprendió que se habian generado en ella para un fin y que habia comenzado a recorrer el camino que le llevaría a esa meta.
El resto de su vida lo pasó asi entre la gente que la necesitaba, entre la gente donde se sentia necesitada. Alguna vez más vió a sus padres, los reyes, y sus hermanas, las princesas envueltas aún en su carruaje rosa. Y, aunque mucho tiempo la rechazaron por el abandono y por lo incomprensible su su actitud, con el tiempo el rechazo se convirtió en envidia y la envida en admiración callada nunca reconocida. Con sus padres, gracias a la nueva vida elegida, estableció unos nuevos vínculos, más afectivos que despertaron el respeto de estos hacia ella. Ya no era la soñadora, extravagante y solitaria, era la niña que habia sabido encontrar su camino. Un camino de felicidad entre los menos felices. Desde entonces la llamaron "La Princesa de los Desamparados". Y algo más aprendió: que el sentirse plenamente dichoso al encontrar un camino podia ser también el reto más doloroso al que se iba a enfrentar jamás.
Fin.
Erase una vez una princesa que vivia en un reino humilde pero a la que no la faltaba de nada. Era la mediana de tres hermanas. La mayor era bonita como una reina de las Nieves, era la adorada por la reina madre. La pequeña, Marcela, graciosa y risueña era el ojito derecho del rey. Sophia al ser la mediana vivia en un mundo apartado lamentando no despertar tanta admiración en ninguno de sus progenitores asi que se refugiaba en su mundo interior, en sus sueños e ilusiones y vivió en este mundo desde muy pequeña lo que la hizo madurar demasiado rápido, dolorosamente rápido. Observaba las situaciones, se daba cuenta de las cosas y apesar de tenerlo "todo" y no faltarle el amor de sus padres se sentia diferente y apartada.
Cuando cumplió los dieciocho años salieron de las protectoras murallas del castillo para celebrar unos festejos. Sophia iba con los ojos muy abiertos observándolo todo y sus hermanas rectas y perfectas en su caroza color rosa y marfil. Entonces a lo lejos distinguió un pequeño callejón oscuro que en nada se parecia a aquel camino de rosas por el que paseaban despertando admiración. Distinguía a una pequeña de unos tres años envuelta en harapos caminar cojida de la mano de un niño que apenas le sobrepasaba en dos años su edad. Tambiém vistía de forma sucia y descuidada. Más allá un viejo caminaba con una muleta y se paraba entre los escombros de la calle y los remobía con cuidadosa paciencia. Giró de nuevo la vista hacia el cortejo real y la engalonada calle y de nuevo hacia el callejón y, en un acto instinstivo, salió del carruaje y, tras andar unos metros se adentró en él. De golpe todo su mundo se vino abajo. Se habia sentido sola mucho tiempo pero tenia vestidos, comida y un hogar. Aquella gente, sin embargo, no tenia ni una migaja de pan que llevarse a la boca pero a medida que avanzaba desapareció su soledad. De nada le importaba ya sentirse diferente porque era diferente entre gente diferente. Daba igual que llevara un hermoso vestido porque sintó como si llevara un viejo chaquetón y unas botas desgastadas. Todos la miraban al pasar pero ninguna mirada era de desaprobación sino de asombro y admiración. Por fin era una reina, la más importante. La niña que había visto se acerco y le tendió la mano y el chico, que dedució, debia se su hermano, tran un pequeño titubeo la agarró la que le quedaba libre. Y empezaron a caminar y a caminar y cuanto mas lo hacian mas se adentraba en otro mundo, y más se alejaban del castillo. Luego cuando ya solo divisaba el final del torreon más alto supo que ya no volveria jamás a aquel lugar. De pronto todo su soledad, sus divagaciones infantiles pero precoces, sus dudas, su sentimiento de exclusión desaparecieron pq comprendió que se habian generado en ella para un fin y que habia comenzado a recorrer el camino que le llevaría a esa meta.
El resto de su vida lo pasó asi entre la gente que la necesitaba, entre la gente donde se sentia necesitada. Alguna vez más vió a sus padres, los reyes, y sus hermanas, las princesas envueltas aún en su carruaje rosa. Y, aunque mucho tiempo la rechazaron por el abandono y por lo incomprensible su su actitud, con el tiempo el rechazo se convirtió en envidia y la envida en admiración callada nunca reconocida. Con sus padres, gracias a la nueva vida elegida, estableció unos nuevos vínculos, más afectivos que despertaron el respeto de estos hacia ella. Ya no era la soñadora, extravagante y solitaria, era la niña que habia sabido encontrar su camino. Un camino de felicidad entre los menos felices. Desde entonces la llamaron "La Princesa de los Desamparados". Y algo más aprendió: que el sentirse plenamente dichoso al encontrar un camino podia ser también el reto más doloroso al que se iba a enfrentar jamás.
Fin.