Me
parece increíble intentar publicar algo después de cuatro años. Casi tan increíble
como todas las cosas que ha pasado desde entonces y casi tan increíble como la sensación
que tengo al leer algunas de mis publicaciones, donde me siento una persona
completamente diferente a la que soy hoy en día. No he querido borrar nada, ni
una entrada, ni un comentario ni una sola foto. Quizás hoy soy lo que soy, pero
ayer fui lo que fui y eso, creo, me ha convertido en cierto modo en una persona
un poco mas sabia con todas las implicaciones tanto positivas como negativas
que eso conlleva.
Vivir
en Bélgica ha hecho de mi una persona completamente diferente. He abandonado
gran parte de mis sueños, aunque no es cierto lo que dicen de que si abandonas
tus sueños mueres. Yo creo que muere solo una parte de ti y la otra simplemente
muta hacia nuevas expectativas y esperanzas. La esperanza... es increíble como
permanece ahí inmutable, pese a los huracanes de la vida. En este gris país he
vivido lo mejor y lo peor de mi vida. Si os dijera que estoy deseando volver,
probablemente me diríais que ha sido más lo peor, pero no es así. No es una cuestión
de porcentajes. Quiero volver porque hecho de menos cosas que quizás antes no me parecían
imprescindibles o al menos, no excesivamente necesarias y sin embargo ahora me
parecen inevitablemente fundamentales para mi felicidad y la de mi familia. Y
os preguntareis: que es lo que me falta de tan importante para sentirme plena?
Me
falta el sol. Esa luz matutina que entra por la ventana mientras preparas café
y tostadas, indiferente a si fuera hace cuatro o dieciocho grados. Esa luz que
parece llenarte el alma por las mañanas y te hace pensar que hoy va a ser un
gran día. Me falta la playa, su arena fina, la mezcla de azul del mar y una
hora sentada con mi libreta escribiendo, dibujando, oyendo música, ya sea en
bañador o en abrigo de invierno. Me faltan mis padres, mis hermanas...me falta
Juanma, pero es lo único que yo no podre recuperar jamás. Me faltan los paseos
por el barrio Gótico y la cervecita intelectual junto a Moni, los restaurantes
japoneses con Laura, las risas e ironías con Marta de todo y sobre todo, sin
que queden limitadas a la línea telefónica. Me falta el Mercado de San Antonio
los domingos rodeado de miles de libros viejos donde encontrar alguna joya literaria
olvidada. Y me falta expresarme, volver a comunicarme, gritar, hablar, hablar
de todo pero sobretodo, de la vida.
Sin
embargo, este gris país también me ha traído las mejores cosas de mi vida, y
para bien o para mal me ha abierto los ojos a una realidad que creía conocer
como asistente social y que es bien diferente cuando pasas al otro lado de la
barricada. Aquí soy una emigrante, y que nadie venga a hablarme de la Unión
Europea. Pero dejemos mis experiencias como tal a un lado, no voy a gastar
un segundo de mi vida hablando de la gran invención que es la política. Pero
aquí también se obraron milagros: aquí di la vida y hoy un pequeño bichito de
quince meses me despierta todos los días a las seis de la mañana con su
gracioso “Mama!” y con su forma de sacudir su manita diciendo hola al más puro
estilo Isabel de Inglaterra. Supongo que es capaz de ver mi ojo medio abierto
cruzando los dedos para que crea que duermo y me permita media horita más de
cama. Y por supuesto está Jona. Nunca he conocido a nadie con tanto coraje.
Cuando el médico le encontró apto para volver a trabajar creí que el mundo se me venia
encima. Al parecer los recortes sanitarios son una plaga europea. Y después de
su reincorporación al trabajo, vinieron las noches sin dormir pensando en
durante cuanto tiempo resistiría. Volvieron los parches de Fentanilo, la medicación, los
dolores…pero nada le ha parado. El sigue ahí, invencible. Sacando su familia
adelante y haciéndome reír todos los días de mi vida. Todos. Ninguno sin excepción.
Estar aquí también me ha enseñado a lidiar con la soledad, a soportar cosas que
pueden parecer insoportables, a ver siempre algo de color en las cosas pese al
continuo gris del cielo, a crear nuevos retos y nuevos sueños una vez
abandonados los primeros.
Hace
cinco meses creí que todo ese aprendizaje iba a irse por la basura. Cuando
perdimos a Juanma durante mucho tiempo odié la vida. Pese a Jona, pese a mi
pequeña Alexia. Pensaba en las pérdidas que aún me quedaban por sufrir. Empecé
a tener miedo por la enfermedad de Jona y me preguntaba si la vida iba también
a alejarme de él. Todo me parecía sin sentido, no podía dormir, no podía expresarme
y sentía rabia, tanta rabia que empezaba a convertirme en una persona histérica
que vomitaba todo lo que le salía por la boca sin pensar en las consecuencias por
más que lo que dijera estuviese justificado. Margarita, mi gran amiga y
profesora, se enfrentaba de nuevo a una metástasis en el hígado, y la
enfermedad y la muerte volvían a golpear como mofándose de nuestra existencia. Y
la esperanza desapareció. Eso me asustó tanto… Siempre había estado ahí, en
mayor o menor grado. A veces la veía reflejada en los ojos de Alexia, otras en
la expresión de Jona y, a veces, en cosas tan diferentes como una carta o una
llamada. Pero se había ido. Y a la pena se le juntó el terror que sentí cuando
pensé que había perdido el sentimiento que durante toda mi existencia había
considerado más valioso. Entonces una mañana, después de pasarme tres semanas
sintiendo nauseas cada vez que veía el bote de chocolate Nutella, un aparatito
me dijo que la vida volvía. Al principio con tanto dolor encima creí que no iba
a saber asumir el cuidado de nadie más y entonces, unos días después de nervios
e incertidumbre ocurrió el milagro: la esperanza volvió. Mi segundo pequeñín me
la había devuelto. Hace tres semanas a causa de una infección su corazón dejo
de latir. Me quedé como extasiada, envuelta en una burbuja, apática, sin
reaccionar. Otra pérdida. Otra sensación de vacío. Y entonces me sorprendió un
descubrimiento: que esta vez, la esperanza no se había ido. Mi pequeñín que se fue
me enseñó una cosa: que la esperanza esta en la vida en si misma. Que ni la
muerte, ni el dolor, ni la pérdida la matan ni la hacen desaparecer. Porque la esperanza
existe porque existe la vida, porque la vida podemos darla y podemos
disfrutarla al tiempo mismo si sabemos hacerlo. Porque no hay que malgastarla.
Yo
sé que Juanma y mi bebe están juntos. Y sé que quieren que todos los que aman sigamos
así, juntos, sin rendirnos. Podemos llorar, podemos sentirnos mal a días,
podemos enfadarnos y hasta rendirnos por momentos pero DEBEMOS conservar la
esperanza de que todo se arregla y de que todo cambia siempre a mejor.
Hoy
jueves, a las 8:45 de la mañana, mientras Alexia duerme plácidamente en su
parque he vuelto a escribir y a expresarme. He dado mi pequeño paso hacia
adelante. No se cuando volveré a hacerlo, quizás dentro de una semana o dentro
de otros cuatro años. Lo importante es que hay una parte que ha seguido intacta
en mí desde que dejé España y gracias a todo lo sucedido sé que no solo soy
Sonia, sino que aún soy la Soni.
Todo
lo que escriba a partir de hoy cuñado, va dedicado a ti. Te quiero con el alma
y te echaré de menos el resto de mis días. Y que el sol siga saliendo…