viernes, julio 05, 2013

Un lugar de evasión llamado Libro


Llevaba meses sin leer nada que no tuviera que ver con mis estudios de arte y, aunque apasionante lectura también, empezaba a echar de menos una buena novela. Creo que fue en noviembre cuando compre a través de Kobo el formato digital de Las Luces de Septiembre de Carlos Ruiz Zafón. Soy de esas personas ancladas en cosas que la mayoría de personas consideran obsoletas, razón por la cual me resistía a leer un libro en una tablet. Finalmente me dejé tentar y encontré dos excusas para justificar la compra: la primera que el libro resultaba bastante más barato que en una librería, y la segunda, que me permitía leer al lado de Alexia los días que el sueño se le resistía, sin necesidad de encender la luz; sirviéndome de maneran suficiente con la claridad regulable de la pantalla. No salí decepcionada de la experiencia pero reconozco que nada como el placer de tener entre tus manos ese montón de hojas, con su tacto y olor particular. Así que dejo Mantano, Kobo o Aldiko para libros de lectura académica en los que, gracias a la tecnología de dichas aplicaciones, puedes subrayar, escribir notas y hacer búsquedas. También aprovecho otra gran ventaja de estos lectores digitales: los libros gratuitos. Evidentemente la gran mayoría son obras clásicas, pero que gran placer poder disfrutar de Dickens, Verne o Poe gratuitamente! Aunque, en contrapartida, no puedo más que lamentarme que tales prodigios de la literatura estén recluidos en bibliotecas electrónicas por el módico precio de cero euros.

¿Cuándo compro libros? En primer lugar, cuando voy a una brocante. Las brocantes son mercadillos de segunda mano típicos del país. Y digo típicos porque hay durante todo el año y por todas partes. Una verdadera cultura del vide-grenier, cuya traducción no encuentro, pero que literalmente significa, "vaciar el desván". Algo parecido a nuestro rastro pero a gran escala. Encuentras realmente de todo, y entre todo, libros. Algunas brocantes están especialmente dedicadas a la venta de libros, y cuando tropiezo con una de ellas, es como encontrar el paraíso en la tierra. Los precios son irrisorios, en beneficio de mi bolsillo ya bastante perforado, aunque después de la transacción siempre queda el mismo amargo sabor antes mencionado, cuando acabas de adquirir Veinte mil Leguas de viaje submarino por un euro cincuenta. Y más  tratándose una edición única con increíbles grabados de esos que cada vez se ven menos en los libros. El segundo lugar donde compro libros es en Belgique Loisirs, el equivalente belga del El Círculo de Lectores, donde al igual que en España, el único compromiso es comprar un libro cada tres meses. Como ya tocaba y la nostalgia de la ficción se hacía grande, opté, la semana pasada,  por el último de Dan Brown, Inferno, que para mi gran tristeza se haya ya colocado en la sección de “leidos” de mi biblioteca personal. Qué gran momento de evasión cada vez que me sumergía en esa alocada carrera por Florencia, en la que el misterio se mezclaba con el arte y gracias a la cual afloraban tantos recuerdos de aquel viaje de fin de curso a Italia.

“Para viajar lejos, no hay mejor nave que un libro” afirmaba Emily Dickinson. Y yo añado, con mi particular y poco comprendido sentido del humor que, en estos tiempos de crisis, para algunos, es casi la única forma de viajar que tenemos. ¡Pero qué gran verdad! Verdad solo comprendida por aquellos que llevan la pasión de la lectura en las venas. Para todos esos amantes: ¿quien no ha cogido un libro y ha puesto un rostro en la cara de sus personajes, dejando que el tiempo pase como si una película pasara frente a sus ojos y saliendo después como de un sueño, cuando la realidad nos obliga a poner el marcador de página para continuar más tarde? ¿Quien no ha sentido tristeza al finalizar aquella historia que le ha hecho llorar y emocionarse, que le ha enseñado algo que desconocía o de la que soñaba ser protagonista? ¿Quien no ha sentido pena de decir adiós a ese protagonista convertido en amigo dejándonos el deseo callado de conocer alguien así algún día? ¿Y quien no ha viajado? ¡Son tantos los países, lugares y épocas que he visitado! El Madrid de la postguerra en Edad Prohibida, el África convulsa de Karen Blixen en Memorias de Africa, e igual de convulsa de Dian Fossey en Gorilas en la niebla, la Inglaterra del siglo XII de Ken Follet en Los pilares de la tierra, la mansión Thornfield de Charlotte Brontë en Jane Eyre, la Barcelona misteriosa y gótica de Carlos Ruiz Zafón en La sombra del Viento y sus novelas hermanas, la selva amazónica en El Origen perdido o la magnífica China en Todo bajo el cielo , ambas de Matilde Asensi. En realidad podría seguir horas y, seguramente descubriría asombrada, que he viajado por más de medio mundo.

Los libros han sido siempre para mi fuente de inspiración, de aprendizaje, bote salvavidas y por supuesto, lugar de evasión. A veces por la noche, cuando el frecuente y cansino insomnio me desvela y bajo a prepararme una infusión, entro en el pequeño cuarto transformado en despacho y observo las dos estanterías que forman mi pequeña colección. Recorro con mis ojos los estantes maniáticamente clasificados por temas y al azar saco algún libro de los que tengo pendientes. Me siento frente a mi escritorio y ojeo unas páginas. Leo el primer pasaje y una sonrisa se dibuja en mi rostro. Ya estoy dentro. Y poco a poco la lectura me devuelve al mundo de Morfeo, que mi cuerpo se resiste tan duramente a visitar. Porque la magia de las palabras me envuelve en una burbuja en la que la realidad se torna ficción y la preocupación se torna ocupación.  Entonces transportada, me dejo llevar y por fin…duermo.