martes, octubre 08, 2013

Enfrentarse a la muerte

La primera vez que perdí a alguien tenía dieciocho años. Recuerdo aquella escena en la terraza del restaurante en la que Dámaris me anunciaba el trágico final por el que había optado Alex. No quise irme a casa. En esos momentos solo pensaba en iniciar mi turno de noche y que el bullicio de los comensales y la música de la orquesta me quitaran de la cabeza aquella terrible noticia. Recuerdo que al entrar, uno de los camareros veteranos se burló de la tragedia. Creo recordar que dijo algo así como "¿qué les haces a tus amigos que acaban colgándose?". Lo peor vino detrás con las risas de todos los presentes. Hay momentos en la vida en que las cosas que escuchas son tan terribles que la única reacción es el bloqueo. Fué a partir de ese momento que empecé a pensar en el modo en que la gente reacciona ante la muerte. Nuestro pequeño grupo de amigos decidimos pasar la noche en el pub donde trabajaba Eva y acompañarla. Si alguien debía estar profundamente afectada era ella. Cuando entré solo pensaba en que palabras escoger, en como la encontraría y en que se me partiría el corazón si la veía rota. Estaba tranquila detrás de la barra, le pregunte como estaba y me dijo bien. Y la noche transcurrió como una noche más. No hablo de ello entonces y yo no volví a preguntarle cómo se sentía. Pasaron años hasta que un día habláramos de aquel triste episodio, ya desde la distancia emocional que te procura el paso del tiempo, pero nunca supe cómo se sintió de verdad.

Las respuestas de las personas ante las pérdidas son muy diferentes, pero el silencio se impone muchas veces como opción preferida. ¿Hasta qué punto es bueno callar y hasta qué punto es bueno hablarlo? ¿Es preferible dejarse ir y vaciar toda la pena o ponerse una coraza y seguir adelante repitiéndonos que la vida sigue y hallando los miles de motivos que nos empujen a seguir?

Un par de años después Meritxell sucumbía a su tumor. No habíamos sido amigas del alma pero aquella adolescente a quien todos trataban de "hija de papá" había cuidado de mi discretamente durante mi estancia en el restaurante. Venía a hablarme, se preocupaba de cómo me había ido la jornada y en más de una ocasión, conocedora de que trabajar en el restaurante me era indispensable para pagar mis estudios, me preguntaba por mi situación económica y se preocupaba de buscarme soluciones en formas de becas y ayudas. En cierta ocasión, antes de su enfermedad, celebró su cumpleaños en el restaurante y por supuesto, me invitó. El azar quiso que nuestro maitre me pidiera a mi ser la camarera que se ocupara de la barra en el cumpleaños y evidentemente mis necesidades me empujaron a decir si. Cuando Meritxell me vio vestida con mi uniforme sirviendo bebidas se sorprendió, se acercó a mí y me dijo: "me da igual que te haya tocado a ti. Podemos servirnos solos, así que haz como si estuvieras en la fiesta". Evidentemente no podía ser así pero siempre recordare ese momento. Esa era Meri. El día que me anunciaron su muerte, Muñoz, mi jefe, me sentó en una mesa y con una delicadeza que jamás le había conocido, me dijo que hacía apenas una hora su cuerpo se había rendido. Me pregunto cómo estaba y yo, igual que hiciera Eva años atrás, contesté que bien. Y entonces me di cuenta de todo lo que esa respuesta camufla. Una hora más tarde me encontraba de nuevo detrás de una barra sirviendo bebidas. Recordaba ese cumpleaños cuando el dj empezó el baile con "Tell him" de Vonda Shepard. Ahora siempre, siempre que oigo la canción pienso en Meri. De su pérdida aprendí que la muerte nos afecta según el impacto que esa persona haya dejado en nosotros, aunque haya sido pasajero. Meri me enseñó que el dinero no nos hace diferentes. Fue la única persona que me hizo olvidar que era una chica de clase media baja que tendría que pelear el resto de su vida para conseguir sus sueños. Y eso me convirtió en alguien diferente, me hizo ver al resto de personas con otros ojos, a no lamentarme por tener que ganarme con esfuerzo hasta el último duro, porque seguro que siempre habría alguien dispuesto a preocuparse por mí.

Pero el impacto fue duro y creo que empecé calladamente a temer a la muerte. No a la mía, sino a la de mis seres queridos. Unos años después fallecía mi abuela. No habíamos tenido con ella un contacto continuo ya que vivía en mi “adorada” Bélgica pero era de esas personitas tiernas y graciosas, una abuelita de cuento. Tres meses antes de su muerte y en la antesala de un matrimonio reciente que parecía empezar a hacer aguas, decidí acompañar a mi madre a Bélgica durante quince días. Padecía ya un cáncer terminal pero, aunque postrada en la cama, aún guardaba su alegría y esa ternura que tanto me gustaba. Fueron días raros: tristes, cansados y ¡divertidos! Teníamos la muerte a unos pasos y nos reíamos a diario. Tres meses después nos dijo adiós al tiempo que yo decía adiós a mi matrimonio relámpago. Entonces caí en una terrible depresión en la que metida en la cama la lloraba día tras día. ¿Que aprendí de la muerte entonces? Que cuando estamos débiles anímicamente nos hunde en un pozo negro y que hay que agarrarse muy fuerte a la cuerda para no hundirte en el lodo. Perdía por primera vez a alguien de mi familia, veía a mi madre rota y mi vida personal se iba al garete. Sentí mucho dolor por su pérdida pero mis emociones en aquel momento convirtieron su ausencia en un camino del que por poco no regreso. Para enfrentar la muerte se necesita mucha, mucha fortaleza. Hay que estar en plenas facultades de todo y dominar las circunstancias negativas que la vida te plantee en ese momento. Si no es como cuando un día amanece soleado y de pronto amenaza tormenta. Empieza a cubrirse de negro, se desata el desastre y el miedo te hace meterte bajo las sábanas donde la oscuridad es todavía más amenazante.

Un día me levanté y mientras me dirigía a Vallirana en coche, todo me parecía más bonito. Los árboles más verdes, el sol más radiante, la vida más bonita. Había vuelto el color y me creí inmunizada contra las pérdidas. Y los años pasaron… Y un precioso día soleado de domingo la muerte volvió como para recordarme que ella ganaba y que frente a su paso ninguno estamos ni estaremos jamás inmunizados. Y como para regocijarse se llevó tres meses después a mi bebé. No quiero extenderme hablando de Juanma ni de mi chiquitín, aún es muy reciente, o quizás en realidad solo estoy haciendo lo que hice, hasta ahora, con el resto de pérdidas: no hablar. Esa ha sido siempre mi opción. Pero no es la única.


Hoy con este escrito quiero ayudar a todos aquellos que han sufrido pérdidas recientes o no. Sobre todo a mi hermana. Dejemos de una vez de establecer pautas de comportamiento frente a la muerte porque no las hay. El dolor no se hace menos severo a los seis meses, ni una se recupera aproximadamente a los tres años. No hay que repetirse continuamente que hay que seguir como si fuéramos Bart Simpson escribiendo la misma frase en la pizarra para auto convencernos, y quizás tampoco hay que meterse en la cama a llorar hasta que te sangren los ojos. La muerte cada persona la vive como la siente, como necesita vivirla. Cada persona escoge las razones de salir adelante, siendo, la más importante, uno mismo. Estoy cansada de oír “expertos” diciendo cosas como “la vida sigue” o “tienes a tus hijos”… ¡Por supuesto que la vida sigue! ¡Por supuesto que un hijo es una razón más que importante para no rendirse! Pero bajo tanta metodología nos olvidamos de las personas como seres únicos, dejamos de escucharnos para escuchar lo que está pautado como correcto para superar el duelo. ¿Necesitas cuatro meses en la cama de desesperación? ¡Permítetelo! Quizás es tu opción para dentro de unos años decir “lo superé”. ¿Necesitas callártelo o al contrario gritar tu rabia y decir que fue injusto? ¡Hazlo! Tú decides como enfrentarte a ello, solo tú sabes, realmente, aunque al principio no puedas verlo, cuál es tu mejor camino.

Ellos no se irán jamás y la pena tampoco. Ni siquiera estoy segura que se aminore con el tiempo, porque quizás, después de diez años, te despiertes una mañana sintiendo exactamente lo mismo que sentiste el día que esa persona se fue y quizás vuelvas a caerte en el pozo…y también salir. Somos humanos. Somos seres llenos de emociones y como he dicho en más de una ocasión no debemos tener la prepotencia de tener respuestas para todo ni de creer que la vida viene con un manual. La vida hay que enfrentarla día a día, cada mañana el despertarse. Y así sucesivamente. Para los que os parezca algo dura os confieso que yo, estoy llena de pena. Pero me levanto todos los días pensando que todo lo vivido debe merecer la pena. Que la tristeza de la perdida de los que queremos de debe impedirnos ver cuántas cosas maravillosas nos dejaron y cuantas cosas maravillosas pueden suceder aún. Démonos el margen suficiente entre sufrir y ser feliz.


A todos los que nos dejaron. Y a mis lectores…por supuesto.

sábado, julio 20, 2013

Erase una vez...E.G.B

Hace un tiempo publique una entrada, a petición de una amiga, de mi grupo de verano, amigos de los que disfrute desde los diez años hasta casi los dieciocho y con quienes retomé el contacto a través de Facebook. Mi hermana pequeña, una vez decidida a lanzarse al curioso mundo de las redes sociales, tomo carrerilla y creó un grupo llamado “Piscina dorada” en honor al complejo de apartamentos de Comarruga donde veraneábamos.

Y ahora creo que es tiempo de homenajear a todo esa pandilla heterogénea que fueron los compis de colegio durante los ocho años de la ya desaparecida Enseñanza General Básica. Los recuerdos me fallan bastante, supongo que la edad no perdona, y son sobre todo,  pequeños flashbacks que me vienen a la cabeza pero que siguen ahí imborrables como parte de la niña-adolescente que fui un día. Para ser sincera debería ser Dámaris quien se animara a escribir sobre toda esta etapa, por su más que impresionante memoria, por la colección inacabable de recuerdos materiales que conserva y por su talento para la escritura que estoy deseando que retome, seguramente para placer de más de uno. Estoy segura que el día que se anime nos hará viajar un poco más lejos de lo que mi memoria me permite.

Mi viaje en el tiempo empieza en tercero y muchos recuerdos están ligados a esa época, básicamente porque de antes apenas sabría contar nada. Como le dije hace poco a Jose, creo que es el único momento en que me sentí un poco Cenicienta y no la poco agraciada hermanastra, y eso, se lo debo tanto a Margarita como a ese pequeño grupo de personitas que formábamos la clase de 3°C, la clase “de los que nunca aprobaban”. Supongo que el hecho de ser pocos creo lazos especiales, todos metidos en aquella aula cuyas reducidas dimensiones hacían que nuestros espacios vitales se mezclaran inevitablemente. Recuerdo las competiciones de cálculo mental o los concursos de dos grupos capitaneados siempre por Eva y yo, siempre en rivalidad, siempre en constante lucha por ver quién de las dos sabía más. No parecíamos destinadas a ser amigas, pero lo fuimos, y bien si la amistad se rompió hace tiempo no sería justo ni lógico no hablar de ella. Escribir es volcar todas nuestras emociones, con sinceridad y con veracidad, nos duela o no. Quisiera acordarme de todos pero como siempre las afinidades hacen que tengas a unos más presentes que a otros. Niñas creo recordar que éramos pocas: Genoveva, Luisa, Marta, Eva, Eli y Esther que nos dejó terriblemente pronto. Y luego estaba la tropa masculina: Iván, David, los dos Javis, Jose, Carlos, Toni, Mancebo, Joan Manel… Recuerdo también  los días en que tocaba correr en clase de gimnasia. ¿Es que había alguien que corriese de verdad? Yo solo consigo acordarme de los paseos y las charlas, y las broncas de Xavi cuando nos pillaba de relax por las urbanizaciones de Vallirana. Margarita se fue al final de ese mismo año en busca de su sueño y hoy enseña en la Universidad de Viena. Tercero se convirtió en cuarto y con el nuevo curso llegó Julià. Aún conservo por ahí la postal de navidad que nos hizo pintar ese año. Cuando de que con ella, os la colgaré en el grupo.

Luego aquel pequeño mundo se disolvió y quedamos divididos de nuevo en las tradicionales A y B. Para mí se rompió mi pequeña burbuja de seguridad y me pasé el resto de años intentando sobrevivir en un medio que empezaba a parecerme hostil. Pasé mis dias de EGB asediada continuamente con complejos y agobiada por una marea incesante de “torturas”. Ahora lo llaman bulling o acoso escolar, antes solo eran peleas de niños. Cristina, me dijo una vez que no era la imagen que proyectaba, pero solo nosotros mismos conocemos nuestros demonios internos y de cuantos mecanismos de defensa echamos mano para continuar avanzando. Curiosamente, además de mi inseparable Marta y de Eva, Dámaris vino a unirse a la lista de mis más queridas amigas. Y digo curiosamente, porque para mí ella era la antítesis de lo que era yo. ¿Como hacía para ser tan terriblemente guapa, lista y encima jugar tan bien al futbol? Jajaja. Y no es que fuera incompatible, era simplemente que lo tenía todo y todo lo hacía bien. Supongo que por eso nos unimos a gente completamente opuesta, porque en cierto modo, complementa nuestras carencias. Y como en un salto en el tiempo, mis segundos recuerdos empiezan en sexto. Las tardes en casa de Dámaris, las miles y miles de rumbas que escuchábamos, las excursiones… Y recuerdo también los dibujos que Carolina nos hacía a Eva y a mí, que tenían un curioso gusto por lo gore. Seguro que si lee esto y se acuerda, estará riéndose de lo grande. Recuerdo mucho a Alex también. Su pérdida dejó un terrible hueco entre los que estábamos más cercanos a él. Supongo que haberme encontrado para comer un mes antes con él y con Eva hizo más duro la incomprensión de todo lo que pasó y me ha dejado el resto de mi vida con ese sabor amargo que deja la dolorosa pregunta:  ¿cómo es que no vi nada llegar? Nos quedó su mirada azul cielo y tantos y tantos momentos geniales con él, sobretodo esos mágicos días de fin de curso por las calles de Florencia y Venecia.


Tengo muchos nombres en la cabeza: Maribel, Eli, Carlos, Masmitjà, Raúl, Rosi, los Oscar, Montse, Esther, Cristina, Dani, Ramón, Bea, Sonia, Carlitos (si si tu Antolin) , ¿pero como recordar a mi vecino de toda la vida con otro nombre?...Y tantos más. Y Porki! Jajaja. Que ridículo me parece hoy y cuanto me atormentó en su momento. Por suerte y gracias a los amigos mi particular “moving” tuvo el efecto inverso, y si bien la inseguridad y la falta de confianza han estado alguna vez presentes en mi vida, salí fortalecida. Ahora con treinta y seis años los complejos, se reducen a la grasa y la celulitis, y los recuerdos de aquellos ocho años quedan a verdaderos momentos de alegría, de aprendizaje y de amistad. La distancia personal siempre te hace ver las cosas con perspectiva. Hoy la distancia física de 1300 km que me separa de todos vosotros hace que sienta que los verdaderos amigos cuando están, están siempre. Hoy se llama Facebook, mañana quien sabrá, pero espero que podemos encontrar siempre ese espacio privilegiado donde recordar que un día fuimos niños felices, despreocupados e inocentes.

viernes, julio 05, 2013

Un lugar de evasión llamado Libro


Llevaba meses sin leer nada que no tuviera que ver con mis estudios de arte y, aunque apasionante lectura también, empezaba a echar de menos una buena novela. Creo que fue en noviembre cuando compre a través de Kobo el formato digital de Las Luces de Septiembre de Carlos Ruiz Zafón. Soy de esas personas ancladas en cosas que la mayoría de personas consideran obsoletas, razón por la cual me resistía a leer un libro en una tablet. Finalmente me dejé tentar y encontré dos excusas para justificar la compra: la primera que el libro resultaba bastante más barato que en una librería, y la segunda, que me permitía leer al lado de Alexia los días que el sueño se le resistía, sin necesidad de encender la luz; sirviéndome de maneran suficiente con la claridad regulable de la pantalla. No salí decepcionada de la experiencia pero reconozco que nada como el placer de tener entre tus manos ese montón de hojas, con su tacto y olor particular. Así que dejo Mantano, Kobo o Aldiko para libros de lectura académica en los que, gracias a la tecnología de dichas aplicaciones, puedes subrayar, escribir notas y hacer búsquedas. También aprovecho otra gran ventaja de estos lectores digitales: los libros gratuitos. Evidentemente la gran mayoría son obras clásicas, pero que gran placer poder disfrutar de Dickens, Verne o Poe gratuitamente! Aunque, en contrapartida, no puedo más que lamentarme que tales prodigios de la literatura estén recluidos en bibliotecas electrónicas por el módico precio de cero euros.

¿Cuándo compro libros? En primer lugar, cuando voy a una brocante. Las brocantes son mercadillos de segunda mano típicos del país. Y digo típicos porque hay durante todo el año y por todas partes. Una verdadera cultura del vide-grenier, cuya traducción no encuentro, pero que literalmente significa, "vaciar el desván". Algo parecido a nuestro rastro pero a gran escala. Encuentras realmente de todo, y entre todo, libros. Algunas brocantes están especialmente dedicadas a la venta de libros, y cuando tropiezo con una de ellas, es como encontrar el paraíso en la tierra. Los precios son irrisorios, en beneficio de mi bolsillo ya bastante perforado, aunque después de la transacción siempre queda el mismo amargo sabor antes mencionado, cuando acabas de adquirir Veinte mil Leguas de viaje submarino por un euro cincuenta. Y más  tratándose una edición única con increíbles grabados de esos que cada vez se ven menos en los libros. El segundo lugar donde compro libros es en Belgique Loisirs, el equivalente belga del El Círculo de Lectores, donde al igual que en España, el único compromiso es comprar un libro cada tres meses. Como ya tocaba y la nostalgia de la ficción se hacía grande, opté, la semana pasada,  por el último de Dan Brown, Inferno, que para mi gran tristeza se haya ya colocado en la sección de “leidos” de mi biblioteca personal. Qué gran momento de evasión cada vez que me sumergía en esa alocada carrera por Florencia, en la que el misterio se mezclaba con el arte y gracias a la cual afloraban tantos recuerdos de aquel viaje de fin de curso a Italia.

“Para viajar lejos, no hay mejor nave que un libro” afirmaba Emily Dickinson. Y yo añado, con mi particular y poco comprendido sentido del humor que, en estos tiempos de crisis, para algunos, es casi la única forma de viajar que tenemos. ¡Pero qué gran verdad! Verdad solo comprendida por aquellos que llevan la pasión de la lectura en las venas. Para todos esos amantes: ¿quien no ha cogido un libro y ha puesto un rostro en la cara de sus personajes, dejando que el tiempo pase como si una película pasara frente a sus ojos y saliendo después como de un sueño, cuando la realidad nos obliga a poner el marcador de página para continuar más tarde? ¿Quien no ha sentido tristeza al finalizar aquella historia que le ha hecho llorar y emocionarse, que le ha enseñado algo que desconocía o de la que soñaba ser protagonista? ¿Quien no ha sentido pena de decir adiós a ese protagonista convertido en amigo dejándonos el deseo callado de conocer alguien así algún día? ¿Y quien no ha viajado? ¡Son tantos los países, lugares y épocas que he visitado! El Madrid de la postguerra en Edad Prohibida, el África convulsa de Karen Blixen en Memorias de Africa, e igual de convulsa de Dian Fossey en Gorilas en la niebla, la Inglaterra del siglo XII de Ken Follet en Los pilares de la tierra, la mansión Thornfield de Charlotte Brontë en Jane Eyre, la Barcelona misteriosa y gótica de Carlos Ruiz Zafón en La sombra del Viento y sus novelas hermanas, la selva amazónica en El Origen perdido o la magnífica China en Todo bajo el cielo , ambas de Matilde Asensi. En realidad podría seguir horas y, seguramente descubriría asombrada, que he viajado por más de medio mundo.

Los libros han sido siempre para mi fuente de inspiración, de aprendizaje, bote salvavidas y por supuesto, lugar de evasión. A veces por la noche, cuando el frecuente y cansino insomnio me desvela y bajo a prepararme una infusión, entro en el pequeño cuarto transformado en despacho y observo las dos estanterías que forman mi pequeña colección. Recorro con mis ojos los estantes maniáticamente clasificados por temas y al azar saco algún libro de los que tengo pendientes. Me siento frente a mi escritorio y ojeo unas páginas. Leo el primer pasaje y una sonrisa se dibuja en mi rostro. Ya estoy dentro. Y poco a poco la lectura me devuelve al mundo de Morfeo, que mi cuerpo se resiste tan duramente a visitar. Porque la magia de las palabras me envuelve en una burbuja en la que la realidad se torna ficción y la preocupación se torna ocupación.  Entonces transportada, me dejo llevar y por fin…duermo.

miércoles, junio 12, 2013

Lecciones y reflexiones

Me he dado cuenta, con algo de tristeza, que no escribo desde enero. Escribir siempre ha sido para mí una ayuda en muchos sentidos aunque a veces dudo acerca de la continuidad de este blog. Jamás podría dejar de escribir pero dudo si realmente sea acertado compartir lo que escribo. Este blog nació hace ya muchos años y en la primera entrada que escribí quise dejar claro el porqué de su titulo. Nació cuando Internet se convertía en el boom de las relaciones sociales y en la opción para exprimirse más allá del ámbito personal. No nació con ninguna temática en concreto, solo quería ser un espacio donde explicar cosas cotidianas y sentimientos cotidianos, es decir, mi vida cotidiana. Creí que compartirlo podría ayudar a mis posibles lectores a enfrentar las dudas, miedos, desafíos y las pruebas que la existencia nos depara. No pretendía que mis reflexiones fuesen una doctrina pero pensaba que quizás las personas se identificarían con las vivencias de algunas entradas y eso las ayudaría a sentirse menos solas, más comprendidas y quizás les daría, de vez en cuando, una idea de cómo seguir adelante pese a los baches. Hoy después de tantos años, compruebo, sobre todo gracias a Facebook, que compartir es un arma de doble filo. Sé que algunas personas siguen mi blog y para aquellas que no lo hacen he cogido por costumbre compartir el enlace de cada nuevo escrito en mi muro. Pero quizás no he tenido en cuenta, que no todo el mundo entiende mi manera de ser, de pensar, ni mis razonamientos. Estoy cansada de pasar por una persona depresiva solo por tener el coraje de hablar de las cosas difíciles de la vida, aunque se bien que evitaría ciertos disgustos si escribiese únicamente para mí. Me entristece pensar en abandonar algo que hace tantos años que existe, en cerrar este espacio de "encuentros", en privar a los pocos que disfrutan de mis escritos de ellos. Y supongo que me puede más el respeto por esas cuatro personas que me leen y mi reconocimiento hacia ellas que todo lo que puedan pensar ciertas mentes que no llegan a donde llega mi espíritu; o que ven la vida con la mirada de la simplicidad, lo cual respeto enormemente, pero que les conduce a juicios equivocados sobre como yo veo y siento las cosas. Y sobre todo, a juicios equivocados sobre como soy.

Es tiempo de reflexión. O más bien, son días de reflexión. Quitarme de encima el periodo de exámenes me ha dejado esa sensación de alivio que vivía en mis ya lejanos años universitarios. La diferencia es que no tengo veinte años y detrás no vienen unas bien merecidas vacaciones sino mas bien tres largos meses de verano donde decidir muchas cosas. Dejo atrás un examen en blanco y una lección aprendida:  hasta donde debemos ponernos metas ?

Llevaba días planteándome primero si presentarme, y luego, simplemente, la continuidad en la UNED. Los últimos meses, terriblemente duros por circunstancias que pertenecen a un ámbito muy personal, me habían traído como principal consecuencia una total falta de preparación para dicho examen. Solo dos asignaturas este año y, pese al excelente de la primera, no hacia más que ver ante mí el aplastante fracaso de esta última. Decidí hace un año estudiar lo que debí escoger hace quince, y lo hice consciente de que era más como un hobbie y una válvula de escape; algo con que tener ocupada la cabeza en las horas de soledad e insomnio. Pero poco a poco me lo puse como una meta más en mi vida. Porque no convertirlo en una nueva salida profesional, aunque tardía? Las semanas previas al examen no resultaron mejor que los meses previos. La falta de sueño, la salud con terribles altibajos y la acumulación de, llamémoslo, percance tras percance, me convencieron a dos días del examen de que mejor era no presentarse. Podéis pensar que solo se trataba de un examen pero dado que debo hacerlo en Bruselas y que mi red de apoyo es escasa, supone todo una complicada organización que acabó resultando innecesaria. Pero mi yo interior me decía que lo intentase, que tentase mi suerte con el estudio selectivo de temas que había hecho, que yo nunca me rendía, que si no lo intentaba me arrepentiría al menos todo el verano, etc, etc, etc... Os dais cuenta cuantos tópicos en una s pocas  frases? Porque forzarse cuando uno no siente el coraje o cuando sientes y sabes  que vas a fracasar? Creo que ponerse metas y luchar por ellas es signo de coraje y voluntad pero, no es valiente también reconocer que no se puede llegar a más, que no pasa nada por rendirse de vez en cuando y que no hay nada de vergonzoso en el fracaso. Nos obligamos a diario a "llegar a todo" porque creemos que sentirse realizado es cumplir sus metas, pero donde está el límite entre realizarse y sobresforzarse?

"No hay más limites que los que se impone uno mismo", leí hace poco en facebook; una de esas miles de frases que rondan por las redes sociales. Cuando uno lee algo así lo primero que piensas es en el carácter automotivante y te dices es "cierto yo puedo". Le di el sentido positivo y glorioso que seguramente le dieron muchos facebookeros. Luego, tras leer el examen, renunciar y esperar la media hora reglamentaria que exige la UNED para entregar las hojas, empecé a pensar en ella. Con treinta minutos por delante y como única vista el cielo gris amenazante de tormenta que veía desde la ventana, mi cabeza empezó a repetir la frase. Creí que trataba de autoconvecerme de que podría sacar algo de aquel examen y entonces de golpe comprendí: "...mas limites que los que se impone uno mismo...". Yo me había impuesto los míos dos días antes al decidir de ir a la convocatoria de septiembre pero la obsesión por las metas, el miedo a la frustración, a la decepción y al fracaso me habían llevado hasta allí, y ahí estaba, plantada como un monigote observando encima, como si fuera una mofa de la vida, más de un alumno bloqueado, otros tantos en igual situación que yo esperando la tediosa media hora sin escribir una línea y una pareja delante sacando chuletas y copiándose mutuamente.

Imponerse metas no significa que estas sean grandiosas y reconocer sus límites no implica que estos tengan que ser desmesurados. No es una frase que invite solo a la lucha sino también a la rendición, a reconocer cuando por diferentes circunstancias no se llega a lo que en otros momentos se hubiese llegado. Puede parecer estúpido que un simple examen derive en tal reflexión, pero de las cosas simples sacamos las grandes lecciones. Me hubiese evitado, entre otras cosas, un tedioso viaje hasta Bruselas de más de una hora y la decepción de Jona en el coche al comunicarle el resultado, no porque hubiese suspendido, sino mas bien por su temor a que mi decepción fuese aun mayor y eso me dejase más desmoralizada de lo que llevaba últimamente. Solo para qué? Para demostrar que puedo tener éxito en todo lo que hago? Demostrárselo a quien? Lo cierto es que las metas que nos ponemos son muchas veces mecanismos de defensa camuflados. Conseguirlas nos da, a veces, la falsa sensación de que todo va bien en nuestras vidas solo porque hemos logrado algo que nos hemos impuesto. La metas son un temporizador que mantiene en espera otros muchos problemas que tenemos en la vida. Lo peor es cumplirlas y descubrir que llegada la hora cero todas esas cosas que tratábamos de olvidar con nuestro objetivo siguen ahí, cosas cuyo enfrentamiento volvemos a posponer con nuevas metas. Explicado con un toque de humor seria como las vacaciones. Nos pasamos el año con problemas, de dinero, de trabajo, de fatiga. Y ponemos nuestra mira en las vacaciones. Nos decimos que pronto llegarán, que descansaremos, recuperaremos fuerzas...es nuestro objetivo, otro tipo de "meta" para camuflar y soportar la pesarosa cotidianidad. Pero cuando ese mes de playa y sol ha pasado, la realidad con todos sus problemas sigue ahí, a la vuelta.

Quizás las principales metas que deberíamos cumplir son las que se presentan cada mañana al levantarnos, las del día a día. Y no dejar de imponernos otras más especiales, más grandiosas, ni más ambiciosas. Pero sin convertirlas ni en mecanismo de defensa para huir de la realidad, ni en obsesiones, ni en esfuerzos físicos inconmensurables. Y sobre todo sin olvidar que la meta más grande después de lograr sonreír cada día es simplemente, vivir.


Dulce sueños lectores.

martes, enero 29, 2013

Píscina Dorada


Todos tenemos una época dorada. Normalmente coincide con nuestra adolescencia y en mi caso, el nombre es más que oportuno si tenemos en cuenta que esa época transcurrió en un complejo de apartamentos llamado "Piscina Dorada" a apenas doscientos metros de la playa. Para mis hermanas y yo se convirtió en el sueño, también dorado,  de muchos adolescentes: tener una segunda residencia en la playa y un grupo de amigos de verano. Fue posible gracias a mis abuelos, que adquirieron el apartamento tras su jubilación. De otro modo, como familia modesta que éramos, jamás hubiésemos podido disfrutar de todos aquellos veranos.

Aún recuerdo los primeros días en que llegamos. Las plazas de parking eran todavía un conjunto de túmulos de tierra revuelta y los palés de madera te facilitaban la entrada al portal. El apartamento era un caos de cajas y muebles por colocar por lo que las comidas las hacíamos a la bonne franquette (al estilo camping) y nuestra dieta se basaba en sándwiches de Paté La Piara y jamón serrano. Es curioso ver como las marcas de los productos quedan directamente asociadas a tus recuerdos. Yo tenía diez años y Marce y Nieves, ocho y doce respectivamente. El primer día que nos colgamos la toalla al hombro, y nos dirigimos hacia la piscina, estábamos emocionadísimas. No había mucha gente, los propietarios empezaban a llegar a cuentagotas, esperando supongo, que las obras estuviesen concluidas. Había un pequeño grupo de niños, que no recuerdo quienes eran, salvo uno: por su corpulencia y porque se nos presentó algo así como el terror del barrio. Para los que no habéis caído aún se nombre no era otro que Sebas. Nos dijo todo muy serio que debíamos tener cuidado pues mucha gente se había matado en aquella piscina. Supongo que aquello hubiese debido impresionarnos pero una de las tres, no recuerdo quien, le dijo naturalmente: "si es el primer día que la abren".  Ni que decir tiene que no cesó en su acoso. Con el tiempo acabamos adorando a ese gamberrillo con aire de duro pero bonachón como el que más, aunque yo me seguí negando durante años a jugar  al Tiburón cuando a él lo tocaba hacer de escualo: era tal el pánico que me entraba cuando lo veía venir con su fuerza bruta a agarrar mis pies que echaba a correr hacia la toalla. Aún recuerdo cuando se dejó caer con toda su fuerza haciendo una bomba sobre mi abuela. Por poco no me la ahoga!

Luego fuimos conociéndonos unos y otros y el grupo se formó de manera natural con sus estereotipos incluidos. Un grupo que se precie los tiene. Yo me clasificaba en la parte de los tímidos e inseguros, aunque en ese momento no lo pareciera. Como nos ven  los demás y como nos sentimos pueden ser dos cosas opuestas y todos sabemos que la mejor manera de luchar contra los miedos o la marginalidad es fingir ser quien no eres. En ese sentido Bea tuvo una enorme paciencia. Nos hicimos inseparables enseguida aunque la memoria sigue fallándome y no recuerdo el inicio de nuestro encuentro. Espero que un día ella me refresque la memoria. Pero ella era abierta y yo todo lo contrario. Quería integrarse en el grupo y yo mantener  nuestro dúo personal y en muchísimas ocasiones aceptaba quedarse a mi lado solo porque el miedo al rechazo de los demás me impedía hacerme más accesible. Con el tiempo eso cambio, pero siempre la quise solo para mí. No me avergüenza decirlo así. Fue mi amiga del alma. Esa amiga que entra en tu vida en un mundo aparte al cotidiano. La amiga con la que hablaba dos veces por semana por teléfono a la espera de reencontrarnos de nuevo uno de los fines de semana, ya fuera verano o invierno. La amiga a quien contaba todo y de quien tenía una foto y una dedicatoria en la carpeta del colegio y que mostraba a mis compañeros con el orgullo de quien tiene un tesoro. La amiga a la que picaba en el 3° 1a todos los días en verano después de comer. Esas amigas que le dan sentido, cuando aun no comprendes nada de la vida, a la palabra amistad. Y junto con Bea llegó ese nutrido grupo de personalidades diferentes  que, en fila india, paseaban por el paseo de Comarruga  hasta el cine-teatro para sentarse en sus butacas a ver "Sufre Mamón" e insultar a gritos a la estúpida e infiel novia de nuestro tan amado David Summers y cantar después al unísono  "nunca hemos sido los guapos del barioooo!!!..." No éramos chicas cocodrilo, demasiado inocentes aún para ello, pero ya soñábamos con esas historias de amor adolescentes que viviríamos no una, sino varias veces.

Podría hablar de tanto y de tantos, pero quizás dejar que los demás recuerden también sean una buena idea. Seguramente olvide mencionar a muchos, esta vez no porque me falle la memoria, sino porque la vida nos acerca a unos más que otros, y eso se hace de una manera natural, difícil de controlar. Algunos se te graban en la mente simplemente porque eran lo opuesto a ti y su caracter jovial despierta cierta envidia y admiración callada. Recuerdo a Montse y María del Mar. Luz María siempre me había parecido menos accesible aunque con los años me di cuenta que era yo la que no se acercaba: veía en ella una muñequita preciosa que desataba el terrible complejo de fealdad que me invadió durante años. Tontamente creía que, lejos de aquellos que destacaban por su belleza, dejaría de sentirme tan poco agraciada. Que ridículos me parecen hoy los complejos de  juventud! Sin embargo Monste y María del Mar tenían esa sonrisa, esa chispa y esa alegría que te decían en silencio: " ven acércate, no tengas miedo". Eran tan alegres y tan locas. Resultaban como un bálsamo de felicidad, como si tuviesen escrito en la frente "hoy vamos a pasarlo bien". Estaban también Manolín y Juanito. Y me vais a perdonar los diminutivos pero no podría escribir sobre ellos sin llamarlos así, con su amistad inseparable, sus inmersiones y sus arpones. Son la viva prueba de que los sueños de juventud son los más reales, los que viven en nosotros, los que se pueden llegar a cumplir con perseverancia. Ahí tenemos a Juanito con su prospera empresa, pero lo más importante, inseparable de su gran amigo Manolin algo que me produce una enorme admiración y una sana envidia. No todos hemos logrado mantener cerca a los que un día quisimos. Los dos Sergios también están siempre en ese baúl de recuerdos que es mi cabeza: uno mi primer amor de juventud, el otro mi amigo inseparable con el que compartíamos la pasión por la escritura que yo aún mantengo. Quisiera saber si él también.  Y Abel, mi primera relación sentimental larga. La anécdota con él transcurrió hace unos años cuando, al agregarle a facebook, me pregunto quién era. Pensé divertida que a veces no vivimos igual el impacto que nos produce la gente, que el que producimos, pero más divertida aún fue su respuesta cuando le contesté: "ostras si! ya recuerdo! fuiste mi primer beso!" 

Hay tanta gente más. Tantas cosas que recordar. Belén, Yolanda, Jorge, Cristina, María, Sonia, Sandra, Chari, Kiko, Silvia, Juanjo, Susi... Están los paseos al Roc y los saltos desde la roca, algo que jamás hice entonces y que solo me aventuré a hacer  hace cuatro años con Jona, justo antes que vallaran la zona para impedir que nadie se rompiera la cabeza. Están las fiestas de los apartamentos, con sus trípticos tan bien trabajados por la Comisión de Fiestas, repletos de actividades: los torneos de parchís, la rana, las ginkamas, la petanca, la cucaña... y nuestros concursos de Miss Piscina Dorada que nuestra guapísima Sonia sabia llevarse como nadie. Y luego el colofón final con las cocas, el cava y la orquesta. Qué ambiente único, para una época única. Tengo muchos más recuerdos, seguro que vosotros también. La vida nos ha traído a algunos muchas tristezas, algunas demasiados recientes, pero guardar esa época en la memoria suaviza las penas y nos recuerda que un día fuimos felices de la manera más sencilla e inocente que hay. Debería estar con mis libros preparando el examen de Historia Antigua retrocediendo más de tres mil años, en lugar de eso, he decidido hacer un kit-kat y retroceder solo unos veinte para recordaros a todos que un día tuvimos la enorme suerte de vivir nuestro "Verano azul".

Con cariño.