martes, julio 01, 2014

El suicidio del alma

Alguien me dijo una vez que todas, en algún momento de nuestras vidas todos habíamos deseado morir, no pensar en el suicidio pero si desear morir. He tardado mucho en encontrar la diferencia entre uno y otro y creo que mi amigo se refería a lo que yo llamo el suicidio del  alma.

El cuerpo físico es solo un envoltorio, nos sirve para caminar, para disfrazarlo bajo miles de artificios cuando nos acompleja, para abrazar, besar, hacer el amor…sirve para sostener todo aquello que el alma desea extraer y que su inmaterialidad le impide. Si incluso las personas fuertes hemos deseado alguna vez morir es simplemente que hemos deseado matar todas esas emociones que invaden nuestras almas, que nos bloquean y entristecen, que no son propias de un carácter fuerte y que hacen que el envoltorio se degrade y que al mirarnos al espejo odiemos tanto lo que vemos por fuera que lo que sentimos por dentro.

¿Es posible suicidar el alma? ¿Y que devenimos entonces? Quitar el mundo terrenal puede ser para algunos una liberación pero para los que estamos convencidos que somos pura energía es simplemente privar a los tuyos del tacto y el contacto. Pero se puede acabar con las emociones, con el dolor, con los sentimientos. ¿Podemos clavarnos una yaga en el corazón y avanzar como autómatas hasta convertir nuestro cuerpo físico en una especia de hombre de hojalata? ¿Y si se pudiera, que verían nuestros ojos? ¿Habría color en la vida? ¿Sentiríamos la lluvia en la cara, el sol quemándonos el rostro, sentiríamos la sensación de calor sentados frente a una chimenea? ¿Sonreiríamos al ver los niños corriendo en el parque? ¿Temblaríamos cuando esa persona que amas te besa y un escalofrío te recorre el cuerpo? ¿Y el dolor? ¿Desaparecería? ¿Dejaríamos de sufrir las perdidas, el desamor, el desengaño, el abandono o la soledad?

De nada sirve querer morir por muy roto que este tu interior. Los pedazos se recomponen, el dolor siempre disminuye, aunque los recuerdos siempre queden. Los malos momentos vendrán una y otra vez pero los buenos también. Desaparecer si, pero no necesariamente con la muerte, ni física ni espiritual. A veces el alma necesita un respiro pero no una daga que la haga sangrar más para finalmente convertirte en alguien que no eres.  A veces basta con salir debajo de la lluvia, con un libro y una taza de té, con una comida con amigos, con un viaje… Si el dolor es tan intenso que el bloqueo te impide ver el valor de las pequeñas cosas quizás necesites una semana de llanto y manta sentada en tu sofá. ¿Por qué no? ¿Qué hay de malo en hundirse un poco en el lodo y sacar toda la rabia y la frustración? Se, por experiencia, que de golpe un día te levantas y continuas como si la vida comenzara de cero. No es que te digas “se acabo, ahora nada más me hará daño”. Es más bien un “joder que bien me ha sentado llorar, se que aún me quedan lagrimas para llenar un mar pero estoy lista para la siguiente etapa”.


El alma se apacigua. Solo hay que dar una oportunidad a nuestra mejor arma: el tiempo. El tiempo te cura, te enseña y te guía. El tiempo es ese maestro que nunca nos abandona y que cuanto mas avanzamos más nos vuelve diferentes, no digo más o menos fuertes, simplemente diferentes. Y esas pequeñas diferencias que se operan en nosotros son las que van fortaleciendo nuestro interior. El alma es lo que perdurará de nosotros siempre, en los nuestros, flotando en el cielo como un rastro de todo lo bueno que nos propusimos dejar. El alma la puedes ver en los ojos de una persona si miras profundamente. Yo me cansé de cerrar los míos para esconder lo que no va bien. Hoy prefiero abrirlos bien y enseñar a todos que sufro y mucho, pero que detrás de cada sufrimiento siempre hay una sonrisa, de la misma manera que detrás de cada tormenta siempre sale el sol.