martes, enero 29, 2013

Píscina Dorada


Todos tenemos una época dorada. Normalmente coincide con nuestra adolescencia y en mi caso, el nombre es más que oportuno si tenemos en cuenta que esa época transcurrió en un complejo de apartamentos llamado "Piscina Dorada" a apenas doscientos metros de la playa. Para mis hermanas y yo se convirtió en el sueño, también dorado,  de muchos adolescentes: tener una segunda residencia en la playa y un grupo de amigos de verano. Fue posible gracias a mis abuelos, que adquirieron el apartamento tras su jubilación. De otro modo, como familia modesta que éramos, jamás hubiésemos podido disfrutar de todos aquellos veranos.

Aún recuerdo los primeros días en que llegamos. Las plazas de parking eran todavía un conjunto de túmulos de tierra revuelta y los palés de madera te facilitaban la entrada al portal. El apartamento era un caos de cajas y muebles por colocar por lo que las comidas las hacíamos a la bonne franquette (al estilo camping) y nuestra dieta se basaba en sándwiches de Paté La Piara y jamón serrano. Es curioso ver como las marcas de los productos quedan directamente asociadas a tus recuerdos. Yo tenía diez años y Marce y Nieves, ocho y doce respectivamente. El primer día que nos colgamos la toalla al hombro, y nos dirigimos hacia la piscina, estábamos emocionadísimas. No había mucha gente, los propietarios empezaban a llegar a cuentagotas, esperando supongo, que las obras estuviesen concluidas. Había un pequeño grupo de niños, que no recuerdo quienes eran, salvo uno: por su corpulencia y porque se nos presentó algo así como el terror del barrio. Para los que no habéis caído aún se nombre no era otro que Sebas. Nos dijo todo muy serio que debíamos tener cuidado pues mucha gente se había matado en aquella piscina. Supongo que aquello hubiese debido impresionarnos pero una de las tres, no recuerdo quien, le dijo naturalmente: "si es el primer día que la abren".  Ni que decir tiene que no cesó en su acoso. Con el tiempo acabamos adorando a ese gamberrillo con aire de duro pero bonachón como el que más, aunque yo me seguí negando durante años a jugar  al Tiburón cuando a él lo tocaba hacer de escualo: era tal el pánico que me entraba cuando lo veía venir con su fuerza bruta a agarrar mis pies que echaba a correr hacia la toalla. Aún recuerdo cuando se dejó caer con toda su fuerza haciendo una bomba sobre mi abuela. Por poco no me la ahoga!

Luego fuimos conociéndonos unos y otros y el grupo se formó de manera natural con sus estereotipos incluidos. Un grupo que se precie los tiene. Yo me clasificaba en la parte de los tímidos e inseguros, aunque en ese momento no lo pareciera. Como nos ven  los demás y como nos sentimos pueden ser dos cosas opuestas y todos sabemos que la mejor manera de luchar contra los miedos o la marginalidad es fingir ser quien no eres. En ese sentido Bea tuvo una enorme paciencia. Nos hicimos inseparables enseguida aunque la memoria sigue fallándome y no recuerdo el inicio de nuestro encuentro. Espero que un día ella me refresque la memoria. Pero ella era abierta y yo todo lo contrario. Quería integrarse en el grupo y yo mantener  nuestro dúo personal y en muchísimas ocasiones aceptaba quedarse a mi lado solo porque el miedo al rechazo de los demás me impedía hacerme más accesible. Con el tiempo eso cambio, pero siempre la quise solo para mí. No me avergüenza decirlo así. Fue mi amiga del alma. Esa amiga que entra en tu vida en un mundo aparte al cotidiano. La amiga con la que hablaba dos veces por semana por teléfono a la espera de reencontrarnos de nuevo uno de los fines de semana, ya fuera verano o invierno. La amiga a quien contaba todo y de quien tenía una foto y una dedicatoria en la carpeta del colegio y que mostraba a mis compañeros con el orgullo de quien tiene un tesoro. La amiga a la que picaba en el 3° 1a todos los días en verano después de comer. Esas amigas que le dan sentido, cuando aun no comprendes nada de la vida, a la palabra amistad. Y junto con Bea llegó ese nutrido grupo de personalidades diferentes  que, en fila india, paseaban por el paseo de Comarruga  hasta el cine-teatro para sentarse en sus butacas a ver "Sufre Mamón" e insultar a gritos a la estúpida e infiel novia de nuestro tan amado David Summers y cantar después al unísono  "nunca hemos sido los guapos del barioooo!!!..." No éramos chicas cocodrilo, demasiado inocentes aún para ello, pero ya soñábamos con esas historias de amor adolescentes que viviríamos no una, sino varias veces.

Podría hablar de tanto y de tantos, pero quizás dejar que los demás recuerden también sean una buena idea. Seguramente olvide mencionar a muchos, esta vez no porque me falle la memoria, sino porque la vida nos acerca a unos más que otros, y eso se hace de una manera natural, difícil de controlar. Algunos se te graban en la mente simplemente porque eran lo opuesto a ti y su caracter jovial despierta cierta envidia y admiración callada. Recuerdo a Montse y María del Mar. Luz María siempre me había parecido menos accesible aunque con los años me di cuenta que era yo la que no se acercaba: veía en ella una muñequita preciosa que desataba el terrible complejo de fealdad que me invadió durante años. Tontamente creía que, lejos de aquellos que destacaban por su belleza, dejaría de sentirme tan poco agraciada. Que ridículos me parecen hoy los complejos de  juventud! Sin embargo Monste y María del Mar tenían esa sonrisa, esa chispa y esa alegría que te decían en silencio: " ven acércate, no tengas miedo". Eran tan alegres y tan locas. Resultaban como un bálsamo de felicidad, como si tuviesen escrito en la frente "hoy vamos a pasarlo bien". Estaban también Manolín y Juanito. Y me vais a perdonar los diminutivos pero no podría escribir sobre ellos sin llamarlos así, con su amistad inseparable, sus inmersiones y sus arpones. Son la viva prueba de que los sueños de juventud son los más reales, los que viven en nosotros, los que se pueden llegar a cumplir con perseverancia. Ahí tenemos a Juanito con su prospera empresa, pero lo más importante, inseparable de su gran amigo Manolin algo que me produce una enorme admiración y una sana envidia. No todos hemos logrado mantener cerca a los que un día quisimos. Los dos Sergios también están siempre en ese baúl de recuerdos que es mi cabeza: uno mi primer amor de juventud, el otro mi amigo inseparable con el que compartíamos la pasión por la escritura que yo aún mantengo. Quisiera saber si él también.  Y Abel, mi primera relación sentimental larga. La anécdota con él transcurrió hace unos años cuando, al agregarle a facebook, me pregunto quién era. Pensé divertida que a veces no vivimos igual el impacto que nos produce la gente, que el que producimos, pero más divertida aún fue su respuesta cuando le contesté: "ostras si! ya recuerdo! fuiste mi primer beso!" 

Hay tanta gente más. Tantas cosas que recordar. Belén, Yolanda, Jorge, Cristina, María, Sonia, Sandra, Chari, Kiko, Silvia, Juanjo, Susi... Están los paseos al Roc y los saltos desde la roca, algo que jamás hice entonces y que solo me aventuré a hacer  hace cuatro años con Jona, justo antes que vallaran la zona para impedir que nadie se rompiera la cabeza. Están las fiestas de los apartamentos, con sus trípticos tan bien trabajados por la Comisión de Fiestas, repletos de actividades: los torneos de parchís, la rana, las ginkamas, la petanca, la cucaña... y nuestros concursos de Miss Piscina Dorada que nuestra guapísima Sonia sabia llevarse como nadie. Y luego el colofón final con las cocas, el cava y la orquesta. Qué ambiente único, para una época única. Tengo muchos más recuerdos, seguro que vosotros también. La vida nos ha traído a algunos muchas tristezas, algunas demasiados recientes, pero guardar esa época en la memoria suaviza las penas y nos recuerda que un día fuimos felices de la manera más sencilla e inocente que hay. Debería estar con mis libros preparando el examen de Historia Antigua retrocediendo más de tres mil años, en lugar de eso, he decidido hacer un kit-kat y retroceder solo unos veinte para recordaros a todos que un día tuvimos la enorme suerte de vivir nuestro "Verano azul".

Con cariño.