Todos tenemos una época
dorada. Normalmente coincide con nuestra adolescencia y en mi caso, el nombre
es más que oportuno si tenemos en cuenta que esa época transcurrió en un
complejo de apartamentos llamado "Piscina Dorada" a apenas doscientos
metros de la playa. Para mis hermanas y yo se convirtió en el sueño,
también dorado, de muchos adolescentes:
tener una segunda residencia en la playa y un grupo de amigos de verano. Fue
posible gracias a mis abuelos, que adquirieron el apartamento tras su
jubilación. De otro modo, como familia modesta que éramos, jamás hubiésemos
podido disfrutar de todos aquellos veranos.
Aún recuerdo los
primeros días en que llegamos. Las plazas de parking eran todavía un conjunto
de túmulos de tierra revuelta y los palés de madera te facilitaban la entrada
al portal. El apartamento era un caos de cajas y muebles por colocar por lo que
las comidas las hacíamos a la bonne
franquette (al estilo camping) y nuestra dieta se basaba en sándwiches de
Paté La Piara y jamón serrano. Es curioso ver como las marcas de los productos
quedan directamente asociadas a tus recuerdos. Yo tenía diez años y Marce y
Nieves, ocho y doce respectivamente. El primer día que nos colgamos la toalla
al hombro, y nos dirigimos hacia la piscina, estábamos emocionadísimas. No había
mucha gente, los propietarios empezaban a llegar a cuentagotas, esperando
supongo, que las obras estuviesen concluidas. Había un pequeño grupo de niños,
que no recuerdo quienes eran, salvo uno: por su corpulencia y porque se nos
presentó algo así como el terror del barrio. Para los que no habéis caído aún
se nombre no era otro que Sebas. Nos dijo todo muy serio que debíamos tener
cuidado pues mucha gente se había matado en aquella piscina. Supongo que
aquello hubiese debido impresionarnos pero una de las tres, no recuerdo quien,
le dijo naturalmente: "si es el primer día que la abren". Ni que decir tiene que no cesó en su acoso.
Con el tiempo acabamos adorando a ese gamberrillo con aire de duro pero
bonachón como el que más, aunque yo me seguí negando durante años a jugar al Tiburón cuando a él lo tocaba hacer de
escualo: era tal el pánico que me entraba cuando lo veía venir con su fuerza
bruta a agarrar mis pies que echaba a correr hacia la toalla. Aún recuerdo
cuando se dejó caer con toda su fuerza haciendo una bomba sobre mi abuela. Por poco
no me la ahoga!
Luego fuimos conociéndonos
unos y otros y el grupo se formó de manera natural con sus estereotipos
incluidos. Un grupo que se precie los tiene. Yo me clasificaba en la parte de
los tímidos e inseguros, aunque en ese momento no lo pareciera. Como nos
ven los demás y como nos sentimos pueden
ser dos cosas opuestas y todos sabemos que la mejor manera de luchar contra los
miedos o la marginalidad es fingir ser quien no eres. En ese sentido Bea tuvo
una enorme paciencia. Nos hicimos inseparables enseguida aunque la memoria
sigue fallándome y no recuerdo el inicio de nuestro encuentro. Espero que un día
ella me refresque la memoria. Pero ella era abierta y yo todo lo contrario. Quería
integrarse en el grupo y yo mantener
nuestro dúo personal y en muchísimas ocasiones aceptaba quedarse a mi
lado solo porque el miedo al rechazo de los demás me impedía hacerme más
accesible. Con el tiempo eso cambio, pero siempre la quise solo para mí. No me avergüenza
decirlo así. Fue mi amiga del alma. Esa amiga que entra en tu vida en un mundo
aparte al cotidiano. La amiga con la que hablaba dos veces por semana por teléfono
a la espera de reencontrarnos de nuevo uno de los fines de semana, ya fuera
verano o invierno. La amiga a quien contaba todo y de quien tenía una foto y
una dedicatoria en la carpeta del colegio y que mostraba a mis compañeros con
el orgullo de quien tiene un tesoro. La amiga a la que picaba en el 3° 1a todos
los días en verano después de comer. Esas amigas que le dan sentido, cuando aun
no comprendes nada de la vida, a la palabra amistad. Y junto con Bea llegó ese
nutrido grupo de personalidades diferentes que, en fila india, paseaban por el paseo de
Comarruga hasta el cine-teatro para sentarse
en sus butacas a ver "Sufre Mamón" e insultar a gritos a la estúpida
e infiel novia de nuestro tan amado David Summers y cantar después al unísono "nunca hemos sido los guapos del
barioooo!!!..." No éramos chicas cocodrilo, demasiado inocentes aún para
ello, pero ya soñábamos con esas historias de amor adolescentes que viviríamos
no una, sino varias veces.
Podría hablar de
tanto y de tantos, pero quizás dejar que los demás recuerden también sean una
buena idea. Seguramente olvide mencionar a muchos, esta vez no porque me falle
la memoria, sino porque la vida nos acerca a unos más que otros, y eso se hace
de una manera natural, difícil de controlar. Algunos se te graban en la mente
simplemente porque eran lo opuesto a ti y su caracter jovial despierta cierta
envidia y admiración callada. Recuerdo a Montse y María del Mar. Luz María
siempre me había parecido menos accesible aunque con los años me di cuenta que
era yo la que no se acercaba: veía en ella una muñequita preciosa que desataba
el terrible complejo de fealdad que me invadió durante años. Tontamente creía
que, lejos de aquellos que destacaban por su belleza, dejaría de sentirme tan poco
agraciada. Que ridículos me parecen hoy los complejos de juventud! Sin embargo Monste y María del Mar tenían
esa sonrisa, esa chispa y esa alegría que te decían en silencio: " ven acércate,
no tengas miedo". Eran tan alegres y tan locas. Resultaban como un bálsamo
de felicidad, como si tuviesen escrito en la frente "hoy vamos a pasarlo
bien". Estaban también Manolín y Juanito. Y me vais a perdonar los
diminutivos pero no podría escribir sobre ellos sin llamarlos así, con su
amistad inseparable, sus inmersiones y sus arpones. Son la viva prueba de que
los sueños de juventud son los más reales, los que viven en nosotros, los que
se pueden llegar a cumplir con perseverancia. Ahí tenemos a Juanito con su
prospera empresa, pero lo más importante, inseparable de su gran amigo Manolin
algo que me produce una enorme admiración y una sana envidia. No todos hemos
logrado mantener cerca a los que un día quisimos. Los dos Sergios también están
siempre en ese baúl de recuerdos que es mi cabeza: uno mi primer amor de
juventud, el otro mi amigo inseparable con el que compartíamos la pasión por la
escritura que yo aún mantengo. Quisiera saber si él también. Y Abel, mi primera relación sentimental
larga. La anécdota con él transcurrió hace unos años cuando, al agregarle a
facebook, me pregunto quién era. Pensé divertida que a veces no vivimos igual
el impacto que nos produce la gente, que el que producimos, pero más divertida
aún fue su respuesta cuando le contesté: "ostras si! ya recuerdo! fuiste
mi primer beso!"
Hay tanta gente más.
Tantas cosas que recordar. Belén, Yolanda, Jorge, Cristina, María, Sonia,
Sandra, Chari, Kiko, Silvia, Juanjo, Susi... Están los paseos al Roc y los
saltos desde la roca, algo que jamás hice entonces y que solo me aventuré a
hacer hace cuatro años con Jona, justo
antes que vallaran la zona para impedir que nadie se rompiera la cabeza. Están
las fiestas de los apartamentos, con sus trípticos tan bien trabajados por la Comisión
de Fiestas, repletos de actividades: los torneos de parchís, la rana, las
ginkamas, la petanca, la cucaña... y nuestros concursos de Miss Piscina Dorada
que nuestra guapísima Sonia sabia llevarse como nadie. Y luego el colofón final
con las cocas, el cava y la orquesta. Qué ambiente único, para una época única.
Tengo muchos más recuerdos, seguro que vosotros también. La vida nos ha traído
a algunos muchas tristezas, algunas demasiados recientes, pero guardar esa época
en la memoria suaviza las penas y nos recuerda que un día fuimos felices de
la manera más sencilla e inocente que hay. Debería estar con mis libros
preparando el examen de Historia Antigua retrocediendo más de tres mil años, en
lugar de eso, he decidido hacer un kit-kat y retroceder solo unos veinte para
recordaros a todos que un día tuvimos la enorme suerte de vivir nuestro
"Verano azul".
Con cariño.