La vida me enseña cada día algo diferente, a veces nuevo, a veces simplemente una idea reciclada. Cuando leo mis escritos a veces me sorprendo por las convicciones que tenía en un momento determinado que, sin embargo, en el presente parecen no ir conmigo. Entonces comprendo que no se trata de que no crea en eso que un día escribí, sino que se trata de que en ese momento lo creía y que ahora tengo que tener la suficiente sabiduría y humildad para reconocer que nos equivocamos o que, simplemente, nuestros valores y creencias cambian porque cambiamos nosotros o cambian nuestras circunstancias. Puedes estar segura de haber encontrado el amor y descubrir que es solo una experiencia más. Puedes creer que ya nunca más volverás a llorar y convencerte que será así porque las cosas no te duelen como antes y de pronto, llegar un día a casa y romperte en pedazos después de un día duro. Puedes creer que eres la persona más dulce y sensible del planeta y que necesitas rodearte de gente pero descubrir sin remedio que la soledad se ha convertido en tu mejor aliado a todo. Puedes pensar que todo el mundo te falla y recibir inesperadamente consuelo de quien menos lo esperabas. Y puedes creer que el mundo está en constante cambio como tu y sorprenderte descubriendo que lo que siempre permanece estés triste o alegre, sola o acompañada, débil o fuerte, es la esperanza.
Por las mañanas me despierto generalmente molesta por un sueño poco reparador y por un cansancio general debido a los cambios que tan frecuentemente mi vida experimenta. A veces no encuentro que ponerme, los rizos rebeldes no se quedan en su sitio por más difusor que utilice y no puedo tomarme ese café que me despeja porque olvidé comprar leche. El día no se presenta mejor, el trabajo, los papeles, una defunción y aquel recibo del banco que no llego por error y ahora me reclaman. El día no me ha aportado nada especial y se que llegaré a casa y no sonará el teléfono ni tendré ese mail que tanto espero. Y la noche va cayendo y el día se acaba con la misma desidia con que empezó. Pero mientras regreso miro por la ventanilla del coche como llueve tímidamente y como las viñas empiezan a dejar atrás su marrón. Pienso en la tranquilidad de una casa en la montaña, en un viaje, en mis sobrinos, en aquel dibujo al óleo que empecé, en aquel chiste durante el trabajo y, finalmente, pienso en mi futuro. Y me descubro con treinta y un años viviendo sola en un enorme piso viejo rodeada de vigas y enormes puertas de madera. Veo mis tardes en soledad haciendo lo que quiero y viendo esa serie, arropada en mi sofá junto a mi gata. Me veo sentada en la cama con la suave música de fondo leyendo ese libro que me sumerge en miles de aventuras. De vez en cuando aparto los ojos del libro para analizar brevemente mi historia y veo que tengo un buen trabajo y que he salido adelante pese a todo sin necesitar a nadie más de lo justo. Y me siento orgullosa. Y esperanzada. Siento esperanza. Pienso que si he llegado hasta allí con lo que tengo no me puedo quejar y que si bien añoro y necesito unas cosas muy concretas, pienso que si soy persistente y no desfallezco la vida me dará lo que me he ganado. Eso hace que, a la mañana siguiente, ese rayo de sol que ilumina mi cara a través del visillo de mi ventana y me despierta, me parezca una señal casi divina de que todo tendrá un final de cine. Y esa ilusión convierte mi existencia en el más emocionante de los retos. Creo que aún me esperan cosas maravillosas.
Por las mañanas me despierto generalmente molesta por un sueño poco reparador y por un cansancio general debido a los cambios que tan frecuentemente mi vida experimenta. A veces no encuentro que ponerme, los rizos rebeldes no se quedan en su sitio por más difusor que utilice y no puedo tomarme ese café que me despeja porque olvidé comprar leche. El día no se presenta mejor, el trabajo, los papeles, una defunción y aquel recibo del banco que no llego por error y ahora me reclaman. El día no me ha aportado nada especial y se que llegaré a casa y no sonará el teléfono ni tendré ese mail que tanto espero. Y la noche va cayendo y el día se acaba con la misma desidia con que empezó. Pero mientras regreso miro por la ventanilla del coche como llueve tímidamente y como las viñas empiezan a dejar atrás su marrón. Pienso en la tranquilidad de una casa en la montaña, en un viaje, en mis sobrinos, en aquel dibujo al óleo que empecé, en aquel chiste durante el trabajo y, finalmente, pienso en mi futuro. Y me descubro con treinta y un años viviendo sola en un enorme piso viejo rodeada de vigas y enormes puertas de madera. Veo mis tardes en soledad haciendo lo que quiero y viendo esa serie, arropada en mi sofá junto a mi gata. Me veo sentada en la cama con la suave música de fondo leyendo ese libro que me sumerge en miles de aventuras. De vez en cuando aparto los ojos del libro para analizar brevemente mi historia y veo que tengo un buen trabajo y que he salido adelante pese a todo sin necesitar a nadie más de lo justo. Y me siento orgullosa. Y esperanzada. Siento esperanza. Pienso que si he llegado hasta allí con lo que tengo no me puedo quejar y que si bien añoro y necesito unas cosas muy concretas, pienso que si soy persistente y no desfallezco la vida me dará lo que me he ganado. Eso hace que, a la mañana siguiente, ese rayo de sol que ilumina mi cara a través del visillo de mi ventana y me despierta, me parezca una señal casi divina de que todo tendrá un final de cine. Y esa ilusión convierte mi existencia en el más emocionante de los retos. Creo que aún me esperan cosas maravillosas.